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El cirujano del tiempo

Muere repentinamente a los 42 años el periodista onubense Santiago Talaya

29 jul 2016 / 17:03 h - Actualizado: 29 jul 2016 / 17:12 h.
"Sociedad","Obituario"
  • Santiago Talaya. / El Correo
    Santiago Talaya. / El Correo

Siempre afilado. Siempre preciso. Siempre con un deje sarcástico que denotaba su inteligencia, su cultura, su dominio de la actualidad. «Menuda emisora de radio que se están montando ahí arriba, Gómez», habría dicho con una sonrisa, apuntando las cejas al cielo. Su gesto se habría referido a Fernando Carrasco, y a su compañero José Luis Jurado; y a Ricardo Acosta y a Juan Carlos Vélez, que también lo fueron. Y a Jesús Prieto, y a Rafael Martínez Simancas, con los que también se cruzó por los pasillos de la radio sin marcas, porque la radio es una gran familia. Porque la radio funde sus ondas en el espacio radioeléctrico, cerca de ese cielo al que Santi se habría referido hoy en memoria de sus amigos periodistas que eran los míos. Como él. Como ya apuntaba en la mañana en la que lloramos juntos a Pepón en estas mismas páginas y ante los micrófonos húmedos de lágrimas.

Pero hoy Talaya no puede hacer ninguno de esos comentarios. Ya no podrá hacerlos nunca más salvo en esa otra radio que él se habría inventado en su comentario de hoy, en su propio injusto entierro. Sin perder su sonrisa de 42 años, ¡42 años!. Aprovechando como siempre cada silencio para encajar la palabra adecuada. Así lo hacía en su último destino profesional, en Radio Nacional de España. Así lo hizo durante años en Onda Cero Radio, en Sevilla, en Granada, en Madrid, donde llegó de la mano de un Enrique Beotas al que citaba a menudo como su maestro en La Rebotica. Y antes, mucho antes, en las emisoras locales de su querido Lepe que le vio venir al mundo, que le vio marcharse en la tarde del pasado jueves, y del que tan orgulloso se sentía.

Cuarenta y dos años le dieron a Santiago Talaya para convertirse en el embajador soñado del Océano Atlántico, y de la Virgen de la Bella a la que dedicó un hermoso pregón; para contar a España entera que su pueblo era más que los tópicos de la mar y el campo; que sobraban en la costa onubense talento y elegancia como los suyos.

Parecía Talaya un hombre de otra época. Tal vez del Madrid de la Transición, o del de antes de la Guerra, de los albores de la radio, cuando tanto importaba la palabra. Queda ese estúpido consuelo al escribir este precipitado obituario poseído de ira malsana: que Santi haya sido en realidad un viajero en el tiempo. Cada verbo suyo había sido perfectamente escogido para cada momento. Cada canción que sonaba en sus programas, casi siempre en el castellano que adoraba, la que decía exactamente lo que tenía que decir para completar su discurso. Cada pregunta en cada entrevista sorprendía por su precisión al entrevistado. No había improvisación. Hablaba ante el micrófono sin perder la vista del reloj del estudio... como si quisiera avisar con su gesto de que conocía que el tiempo jugaba en su contra, ¡42 años!. Diseccionaba cada minuto con la precisión de un cirujano que sabía de la importancia de cada movimiento, cada palabra, cada silencio.

Su tiempo se ha esfumado para siempre. Y con él quizás se haya ido uno de los últimos referentes de una forma de hacer radio, de contar cosas, de informar con la “i” mayúscula de la inteligencia. Explicando también en las inflexiones de su voz, a veces incluso atiplada... que sonaban por momentos a los locutores del No-Do o a las narraciones de puesta en situación de las películas de posguerra.

Construyó su propia historia de 42 cortos años injertando retazos de lo mejor que conoció en cada época que le tocó vivir, y en aquellas que le contaron. Como un auténtico cirujano del tiempo, y cuidador de las palabras. Que descanse en una paz que le llegó demasiado pronto.


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