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La ciudad ruralizada

Perviven en puntos de la ciudad modos de vida más ecológicos; por el contrario, los nuevos desarrollos urbanísticos de los pueblos destacan por copiar lo peor de las urbes

16 nov 2016 / 20:29 h - Actualizado: 19 nov 2016 / 08:00 h.
  • Una mujer pasea por la zona peatonal de la plaza de la Gavidia./ Manuel Gómez
    Una mujer pasea por la zona peatonal de la plaza de la Gavidia./ Manuel Gómez
  • Dos vecinas conversan en la puerta de sus casas en el barrio de Amate. / José Luis Montero
    Dos vecinas conversan en la puerta de sus casas en el barrio de Amate. / José Luis Montero

El hecho de que Sevilla sea una gran ciudad se traduce, entre otras cuestiones, en el hecho de que existan en ella distintos modos de vida. Es real la idea que más se asocia a la urbe moderna, la de las prisas y el tráfico, ruidosa, contaminada y poco humana. Es real también, y quizá más fácil de ignorar a primera vista, una ciudad de vida más ruralizada, en el mejor sentido de la expresión.

«Me extraña que nadie haya estudiado algo tan evidente», apunta Enrique Figueroa, catedrático de Ecología y director de la oficina de sostenibilidad de la Universidad de Sevilla (US), que matiza: «No es tanto que se hayan recuperado esos modos de vida, sino que en ciertas partes de la ciudad no se han perdido».

Figueroa ratifica que «es cierto que en algunos barrios de las ciudades se conservan modos más ruralizados de vida. No es una moda que ha venido». Para confirmar su impresión alude a otro fenómeno reciente, en «los nuevos desarrollos urbanísticos», en los que «no hay nada parecido». Sobre esta forma de crecimiento de los pueblos, sobre todo los más cercanos a la capital, es contundente: «No tienen nada que ver en lo que eran los pueblos. Son desarrollos difusos que generan guetos con un funcionamiento alejado de una vida de pueblo, que sí se mantiene en gran medida en los pueblos».

Dan ganas casi de hablar del mundo al revés: de una vida en ciertas partes la ciudad con una movilidad sensata, un comercio de cercanía y familiaridad entre vecinos. Y, por otro lado, de una parte significativa de muchos pueblos en los que se vive de una forma distinta a la que podría esperarse de una población más pequeña. Como ejemplo de un comportamiento distinto, Figueroa alude a determinados municipios de la sierra de Huelva, donde «gente de la ciudad ha comprado una segunda residencia». En ese caso, «la ciudad va al pueblo, porque la gente quiere ir al pueblo».

Conviene pararse a puntualizar, de acuerdo con Enrique Figueroa, que las palabras ruralización y desruralización no están recogidas por la RAE, pero son de uso habitual en el ámbito de la ecología y el urbanismo, y además se entienden a la perfección.

No hay que caer tampoco en la visión simplista que identifica ciudad moderna y vida respetuosa con el medio ambiente. Un dato para demoledor la niega: El 58,8 por ciento de la contribución de Andalucía al cambio climático es por la movilidad. «En Sevilla entran y salen 200.000 vehículos diarios. El área metropolitana que se ha creado habría que haberla pensado», cuenta Figueroa, que añade lo sabido: que la gente salió de la ciudad por dos motivos principales. Unos, porque preferían una determinada vivienda cuyo precio no podían pagar en la ciudad; y otros porque directamente no podía afrontar la compra de una casa en la capital. «Eso ha generado una movilidad de locos», remata Figueroa.

Sevilla, como otras ciudades de su entorno, dispone de más zonas peatonales, y eso es positivo, también porque «los vecinos respiran mejor». La mejora ecológica de la ciudad pasa también, en opinión de Figueroa, por un aumento del uso de la bicicleta, si bien demanda al mismo tiempo «una educación mutua: del ciclista y el conductor. Cuantas más bicicletas veas más te alejas de un enfisema, o de un cáncer de pulmón». Su opinión es fácil de resumir: «Lo que ganen las ciudades andaluzas en peatón y en ciclismo irá a su favor».

El concepto de sostenibilidad está a menudo en la agenda de políticos y urbanistas, lo que no significa que siempre se emplee de manera ajustada. «¿De qué hablan? De sostenibilidad social, ambiental, con qué criterios la usan... eso falla siempre», destaca, y tira de un ejemplo: la Torre Sevilla, vendida por sus promotores como el edificio más eficiente de Andalucía. «Me encantaría tener un debate al respecto, una torre construida de esta manera... Es un impacto visual brutal». El catedrático de la US destaca también que «Sevilla tiene unos 300.00 metros cuadrados de oficinas desocupados. Y le metemos más oficinas ¿queremos medio millón de oficinas sin ocupar?», se pregunta.

De vuelta a la vida de los barrios, Figueroa retoma su reconocido optimismo: «Sí observo bastantes comportamientos más de pueblo en el sentido muy positivo. Evidentemente, en barrios más sencillos, más de casas bajas, se mantiene la vida de calle».

Un factor fundamental es el comercio de cercanía, y ahí aprecia Figueroa la necesidad de «trabajo municipal», fomentado la vida de los barrios, las tiendecitas, espacios públicos donde pasar el tiempo. «Sí se puede fomentar que gran parte de cosas se hagan en el barrio. Ese esfuerzo hay que hacerlo», termina.

Un riqueza botánica incuestionable

Existen en Sevilla ejemplares de árboles tan curiosos como el árbol de las lianas, situado en la glorieta dedicada a Goya en el Parque de María Luisa, o el gingko biloba, considerado un fósil viviente, símbolo de longevidad y una de las maravillas del mundo vegetal. En el Parque del Alamillo crecen al menos una treintena de especies de árboles, y en el Parque José Celestino Mutis existen 143 árboles y arbustos de diferentes géneros y siete tipos distintos de palmeras. En consecuencia, esta zona verde del distrito Sur está considerada uno de los conjuntos botánicos más importantes de la ciudad. La antigua rosaleda del Parque de los Príncipes es única en la ciudad, al igual que su conjunto de cítricos.

El valor ornitológico del parque del Alamillo

Las condiciones naturales del parque del Alamillo motivan que en él puedan observarse el 25 por ciento de las aves que existen en España; algunas solo están de paso, pero hay especies que habitan en él todo el año. Anfibios como ranas o sapos, o mamíferos como conejos, erizos terrestres y topillos completan la fauna del gran parque periurbano. En la zona verde de Los Remedios, antes muy similar a la del Parque de María Luisa, sólo quedan reductos de patos y peces, que también pueden observarse en el Parque de Miraflores. Un buen número de patos se reúne en la isleta natural que hay en el lago del Parque Infanta Elena, los pavos reales, ánades y los cisnes blancos aportan el toque de glamour en el parque histórico de la ciudad, el de María Luisa.


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