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Olvido de la grandeza

La Real Fábrica de Artillería fue producto de una Sevilla concebida con imaginación. Para su recuperación haría falta una voluntad colectiva como la que existió en el Siglo de Oro

01 may 2016 / 16:13 h - Actualizado: 01 may 2016 / 16:14 h.
  • La Real Fábrica de Artillería en una imagen de febrero, cuando empezó su rehabilitación. / José Luis Montero
    La Real Fábrica de Artillería en una imagen de febrero, cuando empezó su rehabilitación. / José Luis Montero

Aunque no lo parezca, existen paralelismos entre el difuso destino de la Fábrica de Artillería y el magma en el que flota la Sevilla del porvenir: no existe una idea clara de cuál es el proyecto al que deben ligarse la una y la otra porque las dos son tan grandes que, para diseñarles un cometido acorde con su grandeza, tendría que surgir la conciencia de ello, una conciencia colectiva capaz de imaginar el futuro.

La Fábrica de Artillería –como la de Tabacos, las Atarazanas o las naves de la Cross, cuya dinamitación inmisericorde hizo que, una tarde, temblara toda la cornisa aljarafeña– fue, sencillamente, producto de una Sevilla concebida con imaginación. La extensa pero, después de todo, recatada fachada del edificio esconde un inmenso campo de soledad que sólo podrá rellenarse con proyectos culturales absolutamente distintos de los que hoy se diseñan y después de que nazca –si es que nace– una voluntad colectiva como la que existió en el Siglo de Oro o en el corto espacio de preparación de la Exposición Iberoamericana.

Por ahí, en ciudades que –por lo visto– se visitan más para volver diciendo que se ha estado en ellas que para realizar una introspección y averiguar de qué manera han sido capaces de verter vinos nuevos en odres viejos y, contradiciendo el consejo evangélico, sacar resultados admirables. París concibió los inmensos Mercados Generales de una metrópolis en el preciso momento en el que, inopinadamente, aparecía la industria frigorífica y convertía en polvo aquel proyecto. Quienes hayan visitado el parque de La Villette se habrán encontrado con un tren de naves construidas en ladrillo que, hoy, junto a un enclave infantil paradigmático, albergan la Ciudad de la Música, de las Artes Escénicas y de no sé cuantas artes más. En Nueva York los inmensos muelles de Chelsea en los que desembarcaron millones de inmigrantes, de donde zarpaba el Lusitania, después hundido por un torpedo alemán o en los que desembarcaron los supervivientes del Titanic, son hoy instalaciones deportivas y de ocio con poco que ver con el barrio de la juventud de Vito Colleone. El perfil de Londres ha cambiado por completo, lo mismo el de Bilbao y podríamos seguir.

La Real Fundición de Sevilla comenzó su existencia mucho antes de que tuviera ese título: fue el lugar donde –naturalmente, fuera de las murallas– Bartolomé Morel y su familia establecieron, a mediados del XVI, un taller del que, además de la colosal escultura de la Fe que corona y da nombre a la torre de la Giralda, salieron los Mercurios del Alcázar, el que los genoveses colocaron frente a su consulado, en la plaza de San Francisco y, sobre todo, muchos cañones para cuya fabricación se alzaría un siglo más tarde el edificio principal, con la altura de una catedral puesto que en él habían de colocarse verticalmente cañones de mucho calibre y tonelaje, recién fundidos, para que una barrena los fuera ahuecando a fin de hacerles el ánima, o sea, el hueco interior por donde introducir la bala y dispararla.

Sevilla fabricaba apreciadas armas artilleras para los ejércitos españoles y por encargo de otras naciones. El viajero curioso puede verlos todavía en muchos lugares de Europa y América donde hoy son elementos urbanos decorativos. Los talleres se fueron multiplicando y especializando y lo que no era sino un conglomerado acabó teniendo una desmedida estructura fabril atravesada por una calle –la calle Nueva de San Bernardo–, engullida también por el conjunto ya en manos del Estado que, sin embargo, no pudo evitar que siguiera formando parte del callejero al tener derecho de paso el cortejo procesional del raro Corpus Christi otoñal que la atraviesa cada año. Los caminos de Dios también son inescrutables en el urbanismo.

Pero volvamos al asunto troncal: la gigantesca mole de la Real Fundición, tras el puente de San Bernardo, pervive en una tranquila placidez porque los trabajos que se llevan a cabo en ella son, simplemente, de consolidación de sus estructuras. La misma tranquilidad en la que vive una ciudad, con un museo arqueológico de piezas excepcionales cerrado desde hace ya varios años y sin propuestas de envergadura para los próximos decenios.

Esa muelle placidez se transformaría en guirigay en cuanto alguien se atreviera a imaginar un proyecto transformador del complejo y encaminado a que, al mismo tiempo, Sevilla cambiara. Sería entonces cuando (como sucedió con la biblioteca de Zaha Hadid y sucede con las Atarazanas) aparecerían las plataformas de nombres sonoros y hasta ocurrentes, cuando se elevarían las demandas a la Unesco y cuando sacarían pecho los conservacionistas de derecha y de izquierda para parar «esa barbaridad». Pero, mientras «la barbaridad» no aparezca, la Fábrica de Artillería puede seguir durmiendo el sueño de los justos. Sería instructivo que en la Facultad de Sociología –si es que existe la Facultad de Sociología– hubiera algún doctorando que se atreviera con una tesis sobre el tema.

Había quedado a trasmano contar que, durante el cerco napoleónico de Cádiz, todos los obuses disparados allí por los fanfarrones para que las gaditanas se hicieran tirabuzones salieron de la fábrica del barrio sevillano de los toreros. Entonces aquellos impactos sobre las techumbres de los edificios reavivaron el patriotismo y las ideas innovadoras en toda España; hoy, olvidada la antigua grandeza y anulado el deseo de ser grandes, podríamos decir que la anécdota se ha convertido en metáfora: en Andalucía –y, concretamente, en Sevilla– nos gusta tirarnos piedras –u obuses– a nuestro propio tejado.


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