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Archivo de Indias: la memoria del mundo

Historia. Este emblemático edificio reúne miles de documentos relacionados con América, Filipinas, islas Marianas, Guam...

13 oct 2016 / 08:07 h - Actualizado: 13 oct 2016 / 08:07 h.
  • Vista interior del Archivo de Indias, en cuyo interior acoge 50.000 legajos históricos que suman 80 millones de páginas. / José Luis Montero
    Vista interior del Archivo de Indias, en cuyo interior acoge 50.000 legajos históricos que suman 80 millones de páginas. / José Luis Montero
  • Vocabularios y gramáticas de lenguas indias están resguardadas entre sus cuatro paredes. / Pepo Herrera
    Vocabularios y gramáticas de lenguas indias están resguardadas entre sus cuatro paredes. / Pepo Herrera
  • El Archivo de Indias acoge exposiciones sobre la vinculación de Sevilla con el Nuevo Mundo. / Pepo Herrera
    El Archivo de Indias acoge exposiciones sobre la vinculación de Sevilla con el Nuevo Mundo. / Pepo Herrera

El triángulo sevillano declarado Patrimonio de la Humanidad tiene sus vértices en la Catedral, el Alcázar y el Archivo General de Indias, un edificio concebido como Lonja de Mercaderes que acabó de construirse cuando éstos ponían rumbo a Cádiz. Sevilla se quedaba sin barcos y la Lonja sin sustancia. Un cascarón de huevo que sirvió a Carlos III –el primer rey de España porque, hasta ahí, los demás lo habían sido de Castilla, Aragón y una retahíla de territorios y ciudades más larga que las acusaciones contra los del caso Gürtel– para encargar al malagueño José de Gálvez la tarea de reunir allí todos los documentos relacionados con América, Filipinas, las islas Marianas, Guam..., los territorios que, luego, se llamarían la Hispanidad.

La decisión de instaurarlo era hija de las ideas de la Ilustración pero también tenía como objetivo acabar con la sostenida campaña de desprestigio que, por parte de Inglaterra (y de Francia en ocasiones) se llevaba contra España a cuenta de las vicisitudes de la colonización americana, algo que, siendo los británicos y los franceses tan colonialistas como los españoles, no tendría ahora otro calificativo que el de «guerra psicológica».

Independientemente de las motivaciones iniciales y tras muchas sucesivas aportaciones, el Archivo contiene hoy cerca de 50.000 legajos que suman 80 millones de páginas y unos 8.000 mapas, planos y dibujos. Muchos de estos últimos reflejan la mentalidad exuberante y llena de ideas mitológicas de los primeros años de la colonización mientras aquellos describen –ya con tiralínea y compás– los territorios colonizados en el Nuevo Mundo.

Puede que, en ese triángulo universal, el edificio herreriano (aunque su escalera sea la más hermosa de cuantas existen en la ciudad) sea el menos vistoso de los tres como corresponde a los que comenzaron a levantarse en los años del tercer Austria, Felipe II, pero la sobriedad de sus muros guarda algo que Sevilla aún no ha percibido de todo: los autógrafos de Colón, Vasco de Gama, Francisco Pizarro o George Washington que guarda son menudencia si se lo compara con el verdadero contenido del Archivo: allí está, reconocida por la Unesco, la memoria del mundo y, sobre todo, la memoria de América. Desde los vocabularios y gramáticas de muchas lenguas indias como el quechua o el guaraní (los aborígenes no las pudieron escribir porque, aunque parezca mentira, ni sus culturas más desarrolladas como la azteca o la inca tenían escritura) hasta los caminos, pasos, vados, calles, plazas de las ciudades que se alzan entre las cercanías del Polo Sur y Alaska, las cargas de los navíos que circulaban entre aquellas costas y las nuestras, los informes pormenorizados de naufragios que, como el de la fragata Mercedes, sirvió –primero– para que los piratas del Odissey la localizaran y realizaran el expolio y –segundo– para que, al final, pudieran ser condenados y España recuperara lo que le pertenecía.

Pero, aun siendo todo eso de enorme importancia, no puede compararse con la que el cuadrado de Herrera y los Gálvez representa para los millones de personas descendientes de aquellos criollos a los que Alexander Humbolt (nada influido por las páginas de la Leyenda Negra) llamó por primera vez hispano-americanos. Ellos, como todos los seres humanos, necesitan de raíces y ésas están ahí, frente a la acera de Correos de la sevillana de El Pali. Pude comprobarlo cuando, hace bastantes años, Sevilla se plantó en la Guadalajara mexicana con documentos del Archivo de Indias y mostró en el antiguo Hospicio Cabañas, bajo las bóvedas de Siqueiros, los perfiles de aquella ciudad durante los siglos XVII y XVIII.

Y no podemos quedarnos en los países que hablan castellano. En los Estados Unidos son miles las poblaciones y las grandes ciudades con nombre español, también los de varios de los mismos estados que forman la nación y los de cordilleras, montes, lagos, bahías, islas... La memoria de todos ellos (que muchas veces los mismos norteamericanos desconocen) reside en Sevilla.

Sevilla es el corazón de la Hispanidad (un concepto que no nació en España sino en Argentina) no sólo por el Archivo; también late en el Parque de María Luísa, sus aledaños y otros muchos lugares. Que la Leyenda Negra, inspirada por el gobierno de Isabel I de Inglaterra, buscara ocultar las realizaciones de la colonización americana es, después de todo, natural; se entiende menos, sin embargo, que sus distorsiones se convirtieran en una leyenda asumida como dogma de fe por muchos españoles pero, evidentemente, una de las secuelas de la pérdida de las últimas colonias en 1898 fue un complejo de inferioridad (aprovechado luego por el franquismo que aun sigue coleando).

Cada año, cuando llega el 12 de octubre, siempre hay alguien que, entre nosotros y extrapolando las circunstancias históricas, clama contra el genocidio de los españoles en América sin querer darse cuenta de que, en la historia de las colonizaciones, no hubo otra que dejara tras su paso más mestizaje y sin saber –seguro– que era tataranieto de Moctezuma el maestrante que terminó la Plaza de Toros de Ronda y otra descendiente la fundadora de Unicaja porque sus abuelos no solo no fueron sojuzgados sino que recibieron esmerada educación en el colegio de Santa Cruz de Tlateloco, en la ciudad imperial azteca donde Cuautemoc y Hernán Cortés sellaron la paz.

El complejo de inferioridad (y la ignorancia) nos impide pregonar aquellos hechos pero si se analizara la conquista de México con la misma objetividad que la de la Galia por Julio César la altura de estratega que alcanzaría el extremeño sería mayor que la del romano.

Por esa misma razón el Archivo General de Indias tampoco tiene la de Santuario de la Hispanidad que –dígase lo que se quiera y se exprese de mil formas– es el lazo vital y sentimental que sigue uniendo a cientos de millones de personas de los cinco continentes. Si tuviéramos con ese vértice del Triángulo Universal de Sevilla las mismas deferencias que los ingleses con el British Museum seguramente se convertiría en un faro del mundo.

Y, a lo mejor, también salíamos del complejo.


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