El reportaje literario

San Juan de la Cruz: fugado de noche para redescubrir el amor

Un 13 de diciembre de hace 430 años moría, retirado en Úbeda, Juan de Yepes y Álvarez, pobre, enfermo y humillado por su propia orden carmelita, siglo y medio antes de que la Iglesia lo canonizara y casi cuatro centurias antes de ser considerado el patrón de la poesía española

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
12 dic 2021 / 11:01 h - Actualizado: 12 dic 2021 / 11:20 h.
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  • Monumento a San Juan de la Cruz en Úbeda (Jaén), donde murió.
    Monumento a San Juan de la Cruz en Úbeda (Jaén), donde murió.

Tal día como mañana de hace exactamente 430 años moría en un convento de Úbeda (Jaén) Juan de Yepes y Álvarez, que había sido primero fray Juan de San Matías y luego fray Juan de la Cruz, un nombre todavía sin San que él mismo adoptó tras fundar el primer convento masculino de la orden del Carmelo Descalzo más de veinte años atrás, con la supervisión de aquella lideresa para las cosas de lo alto y de aquí abajo que había sido su paisana Teresa de Cepeda y Ahumada, más tarde Santa Teresa de Jesús. Nacido en el pueblecito abulense de Fontiveros, el fraile Juan moriría con 49 años, muchas mortificaciones y una breve pero intensísima obra lírica que lo llevaría, ya en pleno siglo XX, a ser considerado el patrón de los poetas españoles.

Todos sus poemas caben en unos cuantos folios, pero la profundidad de su misticismo, surgido durante el cenit del imperialismo español de Felipe II, no tiene parangón con el de ningún otro religioso de los que en aquella época también se dedicaron a escribir versos de amor a lo divino partiendo del molde petrarquista que el Renacimiento español de Garcilaso de la Vega y sus seguidores había puesto de moda para los requiebros pastoriles de la corte. Sus sueños amorosos de pastor eran de otro mundo y sus inspiraciones en el bíblico Cantar de los cantares le sirvieron, en todo caso, para dar un paso más allá de la interpretación dogmática tradicional que veía representada en la esposa la figura de la Iglesia. A partir de San Juan de la Cruz, la esposa no será ya esta organización religiosa, sino el alma humana. “¡Oh noche que guiaste! / ¡Oh noche amable más que la alborada! / ¡Oh noche que juntaste / Amado con amada, / amada en el Amado transformada!”, escribirá el santo en memorable lira en su Noche oscura del alma, la intensísima composición en la que su yo poético canta la huida del alma en medio de la noche hasta alcanzar la unión con el Amado, es decir, con Dios.

Tema de Estrella Morente sobre un poema de San Juan de la Cruz.

Aquella huida nocturna tan mística se parecía algo a la que el Juan de carne y hueso había experimentado precisamente la madrugada del 15 de agosto de 1578 (festividad de la Asunción de la Virgen), cuando se fugó de la prisión de Toledo donde llevaba ocho meses atormentado por sus propios compañeros calzados. En diciembre del año anterior, un grupo de frailes acompañados por gente armada lo secuestró directamente en Ávila y lo trasladaron a un subterráneo en Toledo, después de comparecer ante un tribunal de carmelitas calzados que lo presionaron para que se retractara de la Reforma que habían emprendido Teresa y él. No fue sino hasta ocho meses después, y con la ayuda del carcelero primero y de Santa Teresa –que aún no era santa- después, cuando logró escaparse en medio de la noche para refugiarse en otro convento toledano pero de madres carmelitas descalzas. Fue Teresa quien hizo gestiones para que encontrara asilo en el monasterio de Almodóvar del Campo (Ciudad Real). Y así comenzó su periplo final hacia Andalucía.

Cántico espiritual

Aquellos ocho meses preso, sin embargo, no pasaron en balde, porque Juan los aprovechó para escribir varios romances y la mayor parte de su famoso Cántico espiritual, donde describe el proceso místico del camino hacia Dios a través de las tres vías (la purgativa, la iluminativa y la unitiva). La Esposa, o sea, el alma humana, arranca preguntando: “¿Adónde te escondiste, / Amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti clamando, y eras ido”. Y a los pastores de los senderos les dirá: “Buscando mis amores / iré por esos montes y riberas, / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras”. La Esposa, es decir, el alma, se ve tan envalentonada en busca de su amor, es decir, de Dios, que se atreve a hablar con toda la Naturaleza, preguntándole si lo ha visto pasar: “¡Oh bosques y espesuras / plantadas por la mano del Amado! / ¡Oh prado de verduras / de flores esmaltado!, / decid si por vosotros ha pasado”. Luego, el Esposo –Dios mismo- le dirá al verla, precavido: “Vuélvete, paloma, / que el ciervo vulnerado / por el otero asoma / al aire de tu vuelo, y fresco toma”. Pero ella no se dará por vencida: “Mi alma se ha empleado / y todo mi caudal en su servicio; / ya no guardo ganado, / ni ya tengo otro oficio, / que ya solo en amar es mi ejercicio”. Por lo que el Esposo no tendrá más remedio que afirmar: “Entrado se ha la esposa / en el ameno huerto deseado, / y a su sabor reposa, / el cuello reclinado / sobre los dulces brazos del Amado”. El alma termina tan satisfecha que terminará implorando: “Gocémonos, Amado, / y vámonos a ver en tu hermosura / al monte y al collado, / do mana el agua pura; / entremos más adentro en la espesura”. Pura historia amorosa con final feliz, pura vía unitiva del alma mortal con Dios inmortal, el éxtasis místico pero también inefable a pesar de tan alta poesía.

San Juan de la Cruz: fugado de noche para redescubrir el amor
San Juan de la Cruz.

Un camino difícil

La poesía es lo que tiene: que lo pintaba todo de tonos pastoriles. La vida real, no obstante, era mucho más difícil, sobre todo la de un muchacho como Juan que, aunque procedía de una familia noble, se había empobrecido y, al morir su padre, había tenido que ponerse a trabajar de enfermero durante años en el hospital de Medina del Campo. Entretanto estudió con los jesuitas, y luego teología en Salamanca, aunque no terminó ni siquiera el bachiller, pero se ordenó sacerdote. El chico de baja estatura, de constitución débil y enfermiza, y sensible de carácter, se tuvo que acostumbrar pronto a las hostilidades del Carmelo por haberse unido con la madre Teresa en aquel empeño de reformar la orden para devolverla a sus humildes orígenes: a la austeridad, la pobreza y la clausura.

A partir de su fuga, y tras pasar por Almodóvar del Campo, cuna de otros místicos como San Juan de Ávila, llegaría como vicario al convento de Beas de Segura (Jaén), y luego pasaría por Baeza y Granada, antes de volver a Segovia... El último enfrentamiento doctrinal con sus superiores tuvo lugar en 1590. Al año siguiente fue destituido de todos sus cargos y cayó enfermo en el convento de La Carolina (Jaén), desde donde es trasladado a Úbeda, que será donde muera en la noche del 13 de diciembre. Nueve meses después de su fallecimiento, el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia reclama los restos y se inician unos pleitos con Úbeda. Su cuerpo será mutilado y sus restos se trasladan clandestinamente a Segovia, en cuyo convento de carmelitas descalzos reposan hoy. Su palabra, su poesía, sin embargo, ha trascendido mucho más.

Pura mística, sin ascética

La poesía de San Juan prescinde de toda esa labor ascética que hoy le leemos a Fran Luis de León, por ejemplo. Es puramente mística. Seguramente por eso su obra ha llegado a ser absolutamente universal. Su sentimiento es perfectamente comparable al arrobamiento contemplativo que experimentarían los románticos o los simbolistas franceses tantos siglos después. Está claro que le era sobradamente conocido el Cantar de los cantares, pero también la teología de Santo Tomás y la filosofía de San Agustín. Y, por supuesto, toda la poesía pastoril italianizante, de la que había tomado no solo la métrica, pero también. Su obra, al cabo, expresa como muy pocas el conflicto metafísico fundamental del espíritu humano que es capaz de intuir la verdad suprema del universo. No en vano, tantos poetas posteriores se han dejado influir por el santo poeta, y sus insuperables sinestesias, por ejemplo, fueron recuperadas por poetas como el mismísimo Juan Ramón Jiménez, que tituló uno de sus poemarios con “la soledad sonora” de su Cántico espiritual: “La noche sosegada”, escribió san Juan, “en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora”... El autor de Platero y yo, Premio Nobel en 1956, llegó a afirmar que “poesía es voz de lo inefable” y que “a pocos poetas les ha sido dado tener esa voz. En España la tuvo san Juan de la Cruz”.

El rostro recliné sobre el Amado

La poesía de San Juan de la Cruz alcanza niveles tan eróticos, que al novato es preciso aclararle su intención mística para su correcta interpretación: “En mi pecho florido, / que entero para él solo guardaba, / allí quedó dormido, / y yo le regalaba, / y el ventalle de cedros aire daba”, escribirá en su Noche oscura del alma. El final de ese grandioso poema es incluso cinematográfico, pura plástica encendida en pleno coito divino: “El aire de la almena, / cuando yo sus cabellos esparcía, / con su mano serena / en mi cuello hería, / y todos mis sentidos suspendía. / Quedéme y olvidéme, / el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo, y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”.

En la Llama de amor viva, su último gran poema –unas canciones del alma en la íntima comunicación de unión amorosa con Dios-, el ardiente éxtasis llega a quemar: “¡Oh llama de amor viva, / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro!, / pues ya no eres esquiva, / acaba ya, si quieres; / rompe la tela deste dulce encuentro”, leemos en la primera estrofa de ese intensísimo poema de solo cuatro estrofas, cuya última dice así: “¡Cuán manso y amoroso / recuerdas en mi seno, / donde secretamente solo moras! / Y en tu aspirar sabroso, / de bien y gloria lleno, / ¡cuán delicadamente me enamoras!”.

Pura música

Especialmente en el siglo XX, la poesía de San Juan de la Cruz se ha redescubierto como música por los propios músicos, que han hallado en estos versos la propia melodía celestial que siempre han encerrado. Federico Mompou agrupó en los años 50 y 60 hasta 28 pequeñas piezas para piano bajo el título de La música callada. En 1977, Amancio Prado se hizo acompañar de guitarra, violín y violonchelo para hacer el Cántico espiritual. Ya a comienzos del siglo XXI, el grupo Los Planetas homenajearon al poeta en su disco Encuentros con entidades, y el poema “Aunque es de noche” que adaptó al tango flamenco Enrique Morente lo han versionado hace poco Refree y Rosalía. Ahora bien, pocas piezas han alcanzado la altura de esa copla a lo divino que comienza: “Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di la caza alcance. / Para que yo alcance diese / a aqueste lance divino, / tanto volar me convino / que de vista me perdiese; / y, con todo, en este trance, / en el vuelo quedé falto; / más el amor fue tan alto, / que le di a la caza alcance”. La interpretó Estrella Morente –y luego otros artistas flamencos como María Terremoto- con el pianista británico Michael Nyman. La temática del poema parece ser una transposición a lo divino de la caza de cetrería en la que el alma, asimilada a un halcón, se lanza en pos de la presa divina. El resultado es mucho más espiritual que la práctica mundana, como todo lo que toca San Juan, fugado de noche en vida para redescubrir el amor más allá de la muerte.


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