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Economía

'Chilenizando' Abengoa

Dos sevillanos que trabajan en Santiago redactaron el proyecto ganador para construir la mayor planta termosolar de Sudamérica.

el 07 feb 2014 / 22:30 h.

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Chile Olga Casado en Valparaíso, delante de un mural que reproduce la ciudad, cuando acababa de llegar a Chile. El día que acababa el plazo para el concurso de la mayor planta termosolar de Sudamérica, la sevillana Olga Casado corría por los pasillos de la sede de Abengoa en Chile buscando una impresora para acabar el proyecto, presa de los nervios de la entrega y «con una barriga de siete meses de embarazo» que casi se le encajaba en las esquinas. Dos meses después, en noviembre, su hija Alba nacía en Santiago de Chile. En enero, estando de baja maternal en España, supo que habían ganado el concurso por el que Abengoa levantará una planta de 110 megavatios en el desierto de Atacama. Había parido dos criaturas chilenas en apenas dos meses. «Es nuestra niña bonita», confirma su compañero Roberto Marcos, el segundo sevillano del equipo que redactó la planta. «Le hemos dedicado horas, sueño, vacaciones... ha sido un trabajo enorme que nos ha obligado a aparcar el resto de los proyectos de Chile, a nosotros y nuestros compañeros en España y de la ingeniería de Estados Unidos», un equipo de casi 20 personas. «Pero ha sido de las mejores experiencias que he tenido», asegura. La trayectoria de estos dos ingenieros sevillanos, que cumplirán los 37 años este febrero –Roberto la semana que viene y Olga la siguiente– tiene muchos paralelismos y algunas diferencias. Llevan ligados a Abengoa desde el inicio de sus carreras, y los dos trabajaron en Solúcar, la gran plantación de espejos del municipio sevillano de Sanlúcar la Mayor donde se instaló por primera vez la tecnología que ahora se ha mejorado para construir en Atacama unas instalaciones que permitirán almacenar el calor del sol hasta 17 horas y media, logrando suministrar electricidad sin interrupción durante las 24 horas del día. 15475422 Carlos Barria, y Tatiana Molina (Ministerio de Energía de Chile) con Carolina Millán y Roberto Marcos, el día de la adjudicación. Sus llegadas a Chile, en cambio, fueron distintas. Roberto fue el primero, siguiendo su estela aventurera: había «empezado a dar vueltas» con Abengoa en Inglaterra, donde trabajó en una fábrica de residuos peligrosos, «un reto que no tenía nada que ver con estar sentado en un despacho». Luego, desde el Departamento Internacional de Ofertas, viajó por medio mundo, sobre todo Estados Unidos. Cuando le ofrecieron Chile, no lo pensó mucho. Lleva allí casi tres años. «Sí, está muy lejos. Viajo a España en Navidad, que es la fecha que mi familia no perdona, y luego en función de los proyectos». Olga pidió el traslado cuando Abengoa envió a su marido a un puesto de responsabilidad en Chile hace casi dos años. Se alejó de España –y de las abuelas que ayudan en la crianza– cuando su hijo Hugo apenas tenía cuatro meses. La pareja ya había pensado en trabajar fuera, «por tener una experiencia distinta y porque viendo cómo estaba España no se podía descartar», y esa oferta fue su oportunidad. El rumor del concurso sobre la planta solar llevaba mucho tiempo circulando por Chile cuando «el 28 de febrero, día de Andalucía, anunciaron la presentación y tuve que interrumpir mis vacaciones para asistir», cuenta Roberto. «Era obvio que teníamos que presentarnos, Abengoa es líder mundial en energía solar y una oportunidad como ésta no se podía dejar pasar». Olga lo confirma: «Se apostó mucho desde el principio para ganarlo, trabajamos muchísimo». El proyecto era muy complicado, las bases ni siquiera especificaban el tamaño de la planta, sólo reclamaban «la mejor opción». Y la normativa sísmica en Chile, un país de alto riesgo, es diferente a la de España y muy estricta. Los permisos y licencias también difieren. «Sólo cuatro o cinco empresas en el mundo podían optar a ese tipo de concurso; y al final sólo nos presentamos dos». Trabajaron a fondo durante seis meses. «Había mucho adelantado por el parecido con Solúcar. Nuestra labor era recopilar lo que hacían los equipos de Chile, España y EEUU, pulir los detalles y empaquetarlo. No fue más difícil que lo que solemos hacer, pero sí diferente: estar en contacto con mucha gente, tomar decisiones... fue bonito porque veías el proyecto desde el inicio hasta que estaba totalmente montado, tenías una visión global», explica Olga. El proyecto se redactó en inglés y se adaptó al castellano, «o mejor dicho, al chileno: lo llamamos chilenizarlo, porque hay que cambiar expresiones y adaptarse a una burocracia distinta», explica Olga. «Nuestra compañera chilena, Carolina, nos ayudó mucho en eso». El proyecto se entregó en agosto. Roberto sintió al mismo tiempo alivio y preocupación: «Soñé mil veces que lo ganábamos, y mil veces que lo perdíamos». El ministerio amplió el plazo dos meses más, que sirvieron para completar flecos. Olga se dio de baja dos días antes del final. La comunicación le llegó a Roberto en enero. «Mandaron un correo a todos los participantes explicando por qué habíamos ganado. Lo leí varias veces antes de atreverme a llamar a mi jefe, Pedro Robles, que estaba en Lima con el presidente de Abengoa, Felipe Benjumea. Luego me volví loco llamando a Olga y a Carolina, que tenían los teléfonos estropeados; yo pensaba: ¡Cogédmelo, tengo una buenísima noticia! Cuando por fin di con ellas fue un momento de catarsis». Entonces comenzaron a llegar las felicitaciones, también desde España. «Yo estoy muy orgulloso de que hayamos puesto sobre la mesa semejante proyecto», admite Roberto. «Claro que me alegra que mi nombre esté ahí», remacha Olga. Ni Olga ni Roberto tienen planes de regreso. Los dos han encajado bien en el país, han hecho amigos y hablan de seguir en Chile mientras haya trabajo, sólo que ella está segura de que acabará en España «algún día, cuando sea», y él se limita a pensar: «A lo mejor en unos años me dan ganas de volver». Tienen claro que quieren seguir vinculados a su niña bonita, la planta de Atacama. «Siempre se crea un equipo para la construcción y en él estaremos, porque somos los que conocemos los entresijos», dice Roberto. «Cuando me incorpore de la baja maternal, espero estar ahí», añade Olga, que bromea: «Pero que no me manden mucho al desierto... ¡que tengo dos niños!».

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