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Economía

«China y Andalucía son los sitios en los que mejor se borda del mundo»

Es la cara visible de la tercera generación de la saga familiar y gerente de Foronda, de las enseñas más tradicionales que subsiste en el centro de Sevilla entre multinacionales. ¿El secreto? El cariño a un producto tan artesanal como el mantón, vivo y en evolución. Foto: José Manuel Cabello.

el 15 sep 2009 / 19:28 h.

Es la cara visible de la tercera generación de la saga familiar y gerente de Foronda, de las enseñas más tradicionales que subsiste en el centro de Sevilla entre multinacionales. ¿El secreto? El cariño a un producto tan artesanal como el mantón, vivo y en evolución.

-¿Qué significa el apellido Foronda?

-Foronda es un apellido... ¡Yo qué le voy a decir de mi familia! Muy arraigado en Sevilla que, gracias a mi padre, es un orgullo tenerlo. Mi padre no sólo sacó adelante el negocio sino que fue una persona muy comprometida con su tierra. Tanto es así que fue vicepresidente del Consejo de Hermandades y Cofradías, Rey Mago en la Cabalgata, participó en la bolsa de caridad del Gran Poder, fue cofundador del centro de estimulación precoz del Buen Fin... Fue una persona que sintió mucho su tierra y la fue pregonando por el mundo.

-Ya va por la tercera generación, ¿qué supone eso en una marca con tanto arraigo?

-Es una carga importante, pero es cierto que pierde un poco el mérito en el sentido de que lo difícil en un negocio es comenzar, echar a andar y sacarlo adelante. Sí tiene su responsabilidad, por ejemplo, esta crisis nos ha tocado a nosotros agarrarla por los cuernos y torearla. Pero es un orgullo y creo que cualquier empresario de tercera generación dice mucho de la familia.

-¿Y habrá continuidad?

-Tengo un niño chiquitito, de dos años y medio.

-Aún es pronto para saberlo.

-Yo desde muy chico venía a ayudar a mi padre. Cuando terminábamos de estudiar o en vacaciones veníamos a ayudarle. Uno se siente muy identificado con el negocio porque lo vive desde chico. Yo he escuchado a mi padre cuando hablaba de mi abuelo decir que le encantaba venir cuando era pequeño y los olores que desprendía la seda... eso es algo con lo que convives y te marca. A mí me pasa igual, la empresa es un trocito de tu vida.

-¿Qué recuerdos tiene de su infancia cuando venía con su padre?

-Pues son muy parecidos. El olor de la seda, el ver cómo mi padre trabajaba, cómo atendía a los clientes siempre con una sonrisa casi infinita, cómo los clientes lo querían... Todo eso se queda en la mente del niño. No sólo es el pan de cada día, que lo es porque son nuestras lentejas, sino el cariño que le tenemos al negocio.

-Una marca tradicional y aún en el centro, rodeada de multinacionales. ¿Cuál es el secreto para sobrevivir?

-En el fondo es el cariño a lo que estás haciendo. Y créame, porque hemos tenido ofertas muy interesantes por muchos establecimientos. Incluso echando números le diría que nos merecía la pena haberlas aceptado. Pero cuando uno piensa en la tradición -la empresa tiene más de 80 años- y el cariño que recibe de la ciudad, además de que es un negocio próspero, no se lo plantea. Cualquier economista te diría que es un disparate y que a los negocios no hay que cogerles cariño, pero es inevitable.

-Mantillas, bordados, trajes de flamenca... ¿es posible vivir en Sevilla de la tradición?

-Sí, porque nuestra idea ha sido no quedarnos estancados y hemos ido realizando innovaciones en un producto, el mantón, que es muy tradicional. Tiene mucha salida entre gente muy joven como complemento de su vestuario porque es un producto que sigue vivo y evolucionando.

-¿Y el hándicap estacionario?

-El mantón tiene su época fuerte en la primavera, pero buscamos otras líneas como los trajes de flamenca, las batas, la mantilla... que nos permiten vivir el año entero.

-¿Los clientes son tiendas, particulares, extranjeros...?

-Comenzó, y sigue siendo, una fábrica mayorista. Cuando tuvimos controlada la fabricación, abrimos tiendas para no perder la venta al público. Tenemos venta a mayorista en Bordados Foronda, y al público, en las tiendas Juan Foronda.

-¿Cómo fue la experiencia de lanzarse al mercado exterior?

-Es reciente. Ahora estamos en conversaciones con Extenda y haciendo prospecciones de mercado. En Japón están muy aceptados nuestros productos, EEUU, Italia e Hispanoamérica. Suponen un 10% de las ventas y la idea es ampliarlo hasta el 25%.

-¿Cómo ha evolucionado la manufactura?

-Al ser un producto artesanal, se ha innovado poco. El diseño ya no es como antes, que se pintaba en papel, ahora está informatizado. A la hora de bordarlo es como siglos atrás, a mano y a máquina.

-¿Y la materia prima?

-Procede de China. Traemos seda y también importamos algunos mantones ya elaborados. China es de donde son originarios los mantones y no de Manila, ahí se embarcaban. En China y en Andalucía son los dos sitios en los que mejor se borda del mundo.

-¿Cómo empieza esta historia?

-Mi abuelo era de Logroño, se vino a Sevilla, estuvo en unos grandes almacenes en el sector textil y cuando dominaba la materia puso una tienda pequeñita en Hernando Colón. Le fue bien y se especializó en los bordados, pero enfermó joven y mi padre tuvo que hacerse cargo porque era el hermano mayor y tuvo que dejar los estudios.

-¿Y pensando en incorporar nuevos productos o actividades?

-Estamos sacando cuadros bordados y abrimos el año pasado una línea de regalos de empresa con mantones pequeños y mantoncillos. Tenemos también vestuario de grandes eventos como óperas, zarzuelas y de películas. En Carmen, que se rodó en Sevilla, todo el vestuario de mantones era nuestro.

-También tenéis otros grandes embajadores...

-La Casa Real tiene varios mantones y mantillas nuestros, tanto la Reina como las Infantas. A veces nos los han demandado, y otras, son clientes que quieren hacerle un regalo original.

-¿Y cómo se le queda a uno el cuerpo?

-Es un orgullo. Se queda uno que no sabe qué hacer porque quiere atender con lo mejor que tiene? Le mandamos un surtido de mantones para que eligieran y se quedaron con un mantón y, posteriormente, con una mantilla. El mantón era de rosas grandes en colores claros, de los que se puede tardar en bordar seis meses.

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