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La fuga de Alejandro Sawa

Hace unos días este periódico recordaba la figura del sevillano Alejandro Sawa, un perfecto desconocido, hijo de un griego como Pies de plomo, porque también la memoria de sus griegos la perdió Sevilla cuando bajó a provinciana.

el 15 sep 2009 / 19:39 h.

Hace unos días este periódico recordaba la figura del sevillano Alejandro Sawa, un perfecto desconocido, hijo de un griego como Pies de plomo, porque también la memoria de sus griegos la perdió Sevilla cuando bajó a provinciana. Los vientos que se llevaron a Sawa se llevaron con él a quienes en el período de la Restauración intentaban construir otra ciudad, distinta de la que habían ensamblado las óperas. Desaparecieron y, al faltar, se levantó una Sevilla efímera, de tramoya y con el neogótico por bandera. Eran los años de los carteles neogóticos de Feria, del altar neogótico de Virgilio Mattoni en San Andrés, de las esculturas neogóticas de la portada mayor de la Catedral.

Un afán coronado en el sepulcro, no menos neogótico, que Arturo Mélida le hizo a Cristóbal Colón. Probablemente de esa cultura huyó Alejandro Sawa para refugiarse en la bohemia. Aquella Sevilla oficial, enriquecida con la venta de granos a los contendientes de las guerras de Europa, recorría un camino equivocado para irse tras otra banal, de cartón-piedra, abandonando la modernidad jonda de los folkloristas como Demófilo o los Guichot. Cuando Manuel Machado se encargó de hacer el prólogo a los Cantes Flamencos de su padre, editados en Austral, tuvo que explicar quién había sido.

En algunos momentos la Sevilla de hoy también parece errática, perdida entre experimentos con gaseosa, frase feliz de Eugenio d'Ors que luego fue aplicada por todos los conservadores del mundo para arrellanarse en la poltrona a ver si quienes querrían arriesgarse a hacerlos con otros materiales abandonaban o se les iba la olla. Esperemos que alguien, como entonces, no se fugue y logre el viraje. Villar Movellán, hace años, dijo que Sevilla en 1900 estaba más muerta que el resto de la nación; en 1929 brillaba como símbolo. Amén.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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