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Lección de pintura en el MOMA (y II)

Además de la pintura pura donde lo esencial es el hecho pictórico per se, nos encontramos otro tipo de cuadros contemporáneos, más comprensibles para un público lego, donde la imagen resulta primordial.

el 15 sep 2009 / 19:05 h.

Además de la pintura pura donde lo esencial es el hecho pictórico per se, nos encontramos otro tipo de cuadros contemporáneos, más comprensibles para un público lego, donde la imagen resulta primordial. Obras retóricas, habitualmente extrañas o enigmáticas, donde una parte importante de lo que se relata se manifiesta en lo que se ve. Una serie de representaciones encubiertas que acudiendo a la incertidumbre dejan en vilo ideas extrañas que no se resuelven nunca. O, sin recrearse tanto en el desconcierto, simples narraciones ilógicas que resultan atrayentes por el cúmulo de paradojas que fusionan. Reconocemos a los personajes o los objetos, pero no entendemos qué ocurre entre ellos.

Esta pintura-imagen, habitual en los surrealistas como Magritte o en los escenarios metafísicos de Giorgio de Chirico, es la misma que de la que se sirve Henri Rousseau para desmenuzarnos su mundo infantiloide. En una obra suya como El sueño (expuesto en un pasillo del MOMA con la naturalidad de quien enseña sus fondos sin darle mayor valor a lo que exhibe), no resulta especialmente importante el cómo está pintado, sino qué nos está contando. Atrapados por su misterio intentamos desentrañar lo que estamos viendo? hasta que descubrimos contrariados que es una escena irresoluble.

Una de las piezas más conocidas del museo neoyorkino es el famoso cuadro de los relojes blandos de Dalí. Es pequeñísimo, minúsculo, pero aúna con tanto voltaje un pensamiento absurdo de apariencia verdadera (un reloj flácido tendido sobre la rama de un árbol) que lo que simboliza se ha convertido en un icono. Lo esencial es la sencillez de su planteamiento, una imagen directa que se queda grabada y ya es parte del imaginario colectivo.

En la disertación que mantuvimos Tovar y yo en la cafetería de la cuarta planta sobre esta vertiente de la pintura, ambos coincidíamos en resaltar un artista figurativo de entre todos los americanos. Ese era, por supuesto, Edward Hopper.

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