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Ratón no come león

Como en las mejores novelas negras, el guionista de la crisis nos ha acostumbrado a un desparrame paulatino pero intenso de cadáveres en las primeras páginas de los periódicos. Superado el primer brinco, y una vez que quedaron atrás los alcanforados fiambres de la banca de inversión norteamericana, en España estamos produciendo nuestros propios muertos.

el 15 sep 2009 / 19:29 h.

Como en las mejores novelas negras, el guionista de la crisis nos ha acostumbrado a un desparrame paulatino pero intenso de cadáveres en las primeras páginas de los periódicos. Superado el primer brinco, y una vez que quedaron atrás los alcanforados fiambres de la banca de inversión norteamericana, en España estamos produciendo nuestros propios muertos. Es una tipología distinta. Los Lehman Brothers, por ejemplo, han fenecido manteniendo el aura inviolable que le otorgaba al pionero de la empresa el haber sido un judío alemán emigrado a Estados Unidos. Un tipo con lo que había que tener para, corriendo la mitad del XIX montar un ultramarinos en Alabama, negociar con algodón y terminar invirtiendo en la construcción del ferrocarril. Al final, una troupe de herederos de sangre y de ejecutivos chupasangres han dado al traste con la marca, el prestigio y el mito. Aquí no llegamos a tanto.

Los más grandes que caen de los nuestros son abejorros que comieron con osadía y soberbia del néctar del crédito fácil y barato. Una generación empresarial que pacía y abrevaba a la sombra de una cultura "del bajonazo" inmortalizada por su laxitud y cinismo. Fueron los más listos de España cuando muchos creíamos ser rematadamente tontos. Sólo sabían multiplicar y sumar. Ignoraban que los empresarios de verdad también saben restar y dividir.

Como siempre, faltó el sentido común. Parecía increíble que en plena borrachera el que fuera dueño de Expo-an terminara comprando Colonial, el gigante inmobiliario de la Caixa. ¿Eso es posible, quién lo paga y por qué?, nos preguntábamos escépticos. Inmocaral, Riofisa, Eiffage... y el 15% de FCC. Portillo era un tiburón. Se sentaba junto a las Koplowitz y era propietario del 1% del BBVA. ¡Extraordinario¡ El nuevo milagro español. Otro congénere, Luis del Rivero, de Sacyr, compraba el 20% de Repsol; Enrique Bañuelos llegaba a ser el tercer hombre más rico de España y multiplicaba por once el valor de las acciones de Astroc. Y nosotros, incrédulos, viendo lo que veíamos, llegamos a preguntarnos si El Correo de Andalucía podría comprar The New York Times. Al final, llegamos a la conclusión de que iba a ser difícil. Y ya hemos regresado al presente: a día de hoy entrega usted una acción de Colonial en un quiosco y no le dan ni un paquete de pipas. Martinsa Fadesa -ese otro pequeñito que se quiso comer al grande- debe 7.100 millones de euros. Metrovacesa está a punto de meter a los rusos de Lukoil en Repsol para reducir números rojos. Llanera, Lábaro, Cosmani, Tremon, Hábitat, Sanahuja, Nozaleda... y para qué seguir. Arruinados o endeudados hasta las cejas, aunque seguro que guardan algunos ahorrillos en el colchón.

A esta hora, la conclusión de Incautos sin fronteras es que no, que no era lógico que los pequeñitos se comieran a los grandes, que la cadena trófica funciona al revés; y que, en efecto, era muy raro que los bancos -hoy replegados dentro de su caparazón esperando a que escampe- les dieran tanto dinero a cambio del valor expectante del suelo. Hoy creemos que aquéllos no eran tan listos ni nosotros tan tontos. Y que lo que parecía un disparate era exactamente eso: un disparate.

Pero todo esto ya lo sabíamos. Nos habíamos familiarizado tanto con los recruces de acciones, las tasas de retorno, las titulizaciones de subprimes y las hedge funds que casi nos habíamos olvidado de lo que hoy llaman "la economía real". Es decir: el problema del día a día de las empresas para seguir produciendo, vendiendo, cobrando sus productos y pagando sus nóminas. Nos habíamos olvidado del desempleo y la formación reglada de aquellas legiones de chavales que corrieron al tajo de la Costa del Sol con su Seat León tuneado. De los inmigrantes que trabajaban en el campo y que están siendo desplazados por esos jóvenes de Seat León tuneado, que regresan a casa sin empleo y sin estudios. Y nos hemos olvidado de nuestras propias responsabilidades individuales, la base sobre la que se construyen las responsabilidades colectivas. Porque la caída en barrena de las empresas citadas la conocemos de sobra y sabemos que los bancos van a lo suyo y tantas y tantas cosas más. Pero, ¿de lo nuestro qué? De tanto ciudadano como especuló comprando y revendiendo pisos antes de escriturar ¿y quién nos obligó a suscribir créditos muy por encima de nuestras posibilidades? ¡Cómo callábamos cuando el tasador metía el lápiz para subir del 80% que nos concedía el banco¡ ¿Quién nos empujó a cambiar de coche cuando el anterior olía a nuevo? ¿Y a adquirir segundas y terceras residencias? Alguna responsabilidad también tendremos cada uno de nosotros en este guirigay, ¿no? ¿O toda la culpa va a ser del Gobierno y de los bancos?

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