Verdad y verosimilitud

La búsqueda de la verdad ha desaparecido como objetivo principal del intelectual. Ahora se busca lo verosímil

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24 abr 2018 / 21:42 h - Actualizado: 24 abr 2018 / 22:08 h.
"La última (historia)"
  • Grabado del almirante Cevera <br />de ‘La Ilustración Española y Americana’ de 1893.
    Grabado del almirante Cevera
    de ‘La Ilustración Española y Americana’ de 1893.

Hace ya mucho tiempo que leí un artículo de Ortega y Gasset, escrito sobre las ideas de Renán pero lo he recordado a menudo. Allí el padre de la Biblioteca Económica, con la agudeza que consiguió transformar en Filosofía, criticaba al filósofo francés las virguerías que, a su juicio, se veía obligado a hacer en su particular interpretación de la separación de la Razón y la Fe en Averroes y lo acusaba de que, en vez de tomar partido por lo verdadero, prefiriese buscar los verosímil, o sea aquello que sólo se parecía a lo verdadero.

Pues eso que, al parecer, era algo de lo que hacía gala Renán hace un siglo ahora mismo campa por sus respetos en toda España tras convertirse en una moda y, por tanto, en algo terrible para la verdad ya que con ello su búsqueda desaparece como objetivo principal del quehacer intelectual y de su transformación en resultados tangibles permitiendo que sea la verosimilitud la que reine en el día a día.

Hasta ahora había sido al revés. En el presente primaba la realidad y en el pasado la ficción, esto es, el cuento, el romance, la leyenda... Nadie puede saber, por ejemplo, como fue en realidad el Cid Campeador (incluso hay quien dice que es un personaje absolutamente legendario que nunca existió porque, aunque goce de la mayor celebridad literaria, no aparece de verdad ni en las crónicas andaluzas de los abadíes, ni en las noticias de la batalla de Zalaca o la toma de Toledo ni, por supuesto, en los relatos de la toma y la retoma de Valencia) pero todos lo tenemos por un héroe que tiene un papel importante en la personalidad de este país.

Eso sucedía cuando el presente era tan aburrido como para permitir que los ciegos o la gitanilla de Cervantes mitificaran el pasado. Ahora no lo es gracias a que eso que intenta definirse con el neologismo de posverdad hace que muchos vuelvan oníricamente al pasado tratando de ser superiores a sus tatarabuelos en base a realizar lo que estos no llevaron a cabo. Por eso ordenan cortar la cabeza (en efigie) de los que –a su juicio– debieron ser decapitados en su tiempo por una revolución tan inexistente entonces como realmente virtual ahora.

Ejemplos paradigmáticos de ello nos los ha proporcionado la inmarcesible alcaldesa de Barcelona tachando el nombre del almirante Cervera del callejero «por fascista» sin querer enterarse de que anduvo por este mundo mucho antes de que el fascismo apareciera y, además, defendiendo una Cuba en la que los que perdían y los que ganaban –empezando por José Martí– eran en su mayoría oriundos de los países catalanes. Antes había barrido el del empresario Antonio López por ser esclavista cuando la esclavitud era legal.

En el sesenta y ocho del que ahora se cumplen cincuenta años, estos ejemplos serían boutades de individuos de la gauche divine pero hoy estoy convencido de que la cuestión es mucho más profunda: estamos asistiendo impávidos o ignaros a la conversión de la Democracia en un sistema clientelar parecido al que llevó al desastre a la sociedad grecorromana.

Nuevos sacerdotes (o sacerdotisas) interpretan el pasado para poder discernir el presente en las vísceras de víctimas sacrificiales como los guardias civiles de Alsasua –¡y sus novias! (las inocentes pero fatídicas palomas de las vestales)–. Nadie acusa a aquel otro guardia civil que, con una ráfaga de metralleta –que yo la vi los impactos y la sangre en la pared de una caseta– arrancó la vida a un chaval, Javier Verdejo, mientras hacía una pintada en la playa de las Almadravillas de Almería aunque ese guardia –nunca identificado– sí fuera un asesino.

Se usa a aquel asesino sin identificar como coartada para atacar salvajemente a otros guardias civiles que son ya agentes de la democracia y que, como cualquier otro ciudadano, tendrán que soportar el peso de la ley en caso de llevar a cabo alguna acción ilegal exactamente igual que deberían soportarlo los que los atacaron irracionalmente

Es verdad que ni Adolfo Suárez, ni Felipe González, ni Fraga Iribarne, ni Rafael Escuredo, ni Pujol o Ardanza, ni –por supuesto– la Guardia Civil pusieron demasiado empeño en identificar a aquel asesino pero ahora, situándonos en el nivel de lo que, hasta anteayer, era el agente inmaculado de la Historia, el pueblo, nos encontramos con un colectivo que, adoptando por religión lo verosímil, rechaza como si realizara una heroicidad ponerse de parte de esos guardias civiles y de sus novias, los inocentes de esta historia; al contrario no sólo se niega a identificar a sus maltratadores sino que, igual que hacían los borregos seguidores del franquismo, declara que allí nunca pasó nada. Como Renán, en vez de por la verdad se opta por verosimilitud.

A nadie le interesa que se establezca la verdad; nadie siente que sea necesario o, al menos, conveniente cambiar de dirección y tomar otro rumbo. Para eso, la derecha nacional, las derechas nacionalistas, las izquierdas emergentes y los que desde los sindicatos les bailan el agua, han hecho su trabajo (trabajos parecidos se han llevado a cabo en Gran Bretaña, en Estados Unidos y en otros lugares de la Tierra.

En ese clima, en España, cerca de cincuenta millones de ciudadanos nos sentamos cada día al atardecer, como los vecinos de Tobiki en La Casa de Té de la Luna de Agosto, nos sentamos a mirar el horizonte y pero no estamos viendo una puesta de sol real que anunciará el orto de mañana sino el irremediable ocaso del Siglo de las Luces. ~


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