Entrevista

«Tan desconocido es aún el Gulag soviético que la gente lo confunde con el nombre de una sopa»

Entrevista al escritor Eduardo Jordá, uno de los autores estilísticamente más polivalentes del panorama literario con base en Sevilla. Su libro más reciente es una biografía sobre un personaje memorable del siglo XX: Anna Ajmátova

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
31 oct 2021 / 08:38 h - Actualizado: 31 oct 2021 / 08:42 h.
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  • Eduardo Jordá tiene en su haber galardones literarios como el Premio Renacimiento de Poesía y el Premio Málaga de Novela. / EL CORREO
    Eduardo Jordá tiene en su haber galardones literarios como el Premio Renacimiento de Poesía y el Premio Málaga de Novela. / EL CORREO

Novelista, ensayista, poeta, autor de libros de cuentos y relatos cortos, articulista, crítico literario, traductor, escritor de viajes,... Eduardo Jordá, nacido en Palma de Mallorca en 1956, y que ha desarrollado su trayectoria desde Sevilla, donde se afincó en 1989, es un talento polifacético que encarna las cualidades y los retos de la vida dedicada personal y profesionalmente a las letras. El último libro de su cosecha condensa su inconformista afán de mejora: 'Anna Ajmátova', publicado por la editorial malagueña Zut. Es una biografía de la gran escritora rusa Anna Ajmátova (Odesa, 1889 -Moscú, 1966), considerada una de las más grandes poetas del siglo XX. Y, tras documentarse exhaustivamente, Jordá la ha escrito como un monólogo en el que ella contara su vida y su literatura, ambas llenas de amor, de dolor y de tremendas experiencias para sobrevivir bajo el totalitarismo soviético sin humillar su dignidad como persona. Una historia universal, una odisea impactante que merece ser de dominio público como referente cultural.

Nacer en una isla, ¿hasta qué punto influyó en su trayectoria vital y cultural?

Te confiere una personalidad un poco especial. Mis abuelos prácticamente no se habían movido de la isla porque les daba mucho miedo salir. Hay un dicho en Mallorca que dice que el agua del mar hace un agujero, y ese agujero te cubre. Veían el mar que rodea a la isla como un ataúd. Y les daba mucho miedo cambiar de vida. En realidad, el isleño es una persona precavida, desconfiada, que teme invasiones, que teme presencias indeseadas, que vive casi en una caracola, que es su propia isla. Pero a otras personas esa limitación de estar rodeado de mar por todas partes nos inspira el deseo de salir, de escapar, de sobrepasar ese límite que te olbiga a vivir en un espacio reducido y confinado. Tenemos esos dos polos opuestos y opté por el segundo.

Cuando empezó a plantearse la literatura como pasión personal y como profesión, ¿cuáles fueron los escritores que le marcaron como referente?

En España es muy difícil ser un escritor profesional porque es muy difícil vivir de los libros o vivir de la creación literaria en sus múltiples facetas: periodismo, ensayismo, etc. Tuve la suerte de que mis padres fueran muy amigos de Camilo José Cela, que vivió muchos años en Mallorca. Mi madre le propuso a Cela que yo fuera una especie de becario suyo. Y Cela aceptó encantado. Me propuso archivar una biblioteca de crímenes que le había regalado un inspector de policía jubilado. Luego, le estuve haciendo varios trabajos, un poco de 'negro', de colaborador, de comentarista. Pero, sobre todo, lo importante es que descubrí desde dentro cómo trabajaba un escritor profesional en España.

¿Qué sacó en claro?

Descubres que una dedicación a la literatura, desde el punto de vista de escritor profesional, exige trabajar en todo. No decir nunca 'que no' a un encargo, tener la habilidad de poder escribir de muchas cosas y siempre la disponibilidad de apuntarte a lo que te pidan. Es decir, no puede ser una persona exquisita, no puede ser un escritor con ínfulas de literato que solo escribe de poesía o de metafísica, sino que tienes que meterte en muchos barros. Lo hizo Cela. Le costó muchas críticas, le llamaron oportunista, le tildaron de todo, pero consiguió vivir bien gracias a la literatura. He intentado seguir ese modelo aunque mi vida es mucho más modesta.

Usted empezó a sobresalir con sus libros de viajes.

Ahora parece que hablamos de la época de los dinosaurios. Porque hace décadas se podía escribir de viajes y te pagaban. No solo en las revistas, sino en los periódicos o en las editoriales de narrativa. Esa época casi ha desaparecido. Ahora, todo el sector editorial y periodístico está viviendo un cataclismo. Pero yo tuve la suerte de disfrutar del momento bueno, y poder escribir libros sobre lugares a los que había viajado porque me interesaban. Escribí sobre Tánger, sobre Atacama, sobre Tailandia. El que más me interesó fue el desierto de Atacama, en Chile. Inhóspito y árido al máximo. Fui en el año 2002.

¿Qué descubrió en Atacama?

El enorme salar de Atacama es lo más parecido en la Tierra a la superficie de Marte. Me atrajo la impresionante sensación de soledad, de lucha contra la naturaleza más desnuda. Es uno de los lugares más sobrecogedores de nuestro planeta, con una belleza desolada que me sedujo. Y hay comunidades indígenas que desde hace miles de años son capaces de sobrevivir, extrayendo agua a través de pozos, cultivando con mucha dificultad, y con un tratamiento muy inteligente de los poquísimos recursos naturales a su alcance.

¿Son áridos los sentimientos de quienes conviven en ese ambiente?

Los atacameños no son la alegría de la huerta. Tienen raigambre indígena pero ya son muy mestizos porque en la primera mitad del siglo XX acudieron muchas personas desde otros países atraídos por la apertura de minas a cielo abierto para extraer nitrato, que fue el abono natural más usado en la agricultura en todo el mundo, y uno de los orígenes de la riqueza económica de Chile como país. Atacama no es un lugar para irse de botellona. Sí es uno de los lugares más hermosos del mundo para disfrutar el silencio, la soledad, el vacío, la belleza de lo inabarcable.

En el género narrativo del cuento también está usted bien considerado, con libros como 'Playa de los alemanes'.

En España es un género muy difícil de colocar para que te editen un libro, porque a muchos lectores de novela les desconciertan los cuentos. El que da nombre a ese libro del 2006 describe el imaginario encuentro (muy posible, pero no basado en un hecho real) en un chalé de la playa de Zahara de los Atunes entre una mujer de ambiente rico y bohemio que vive sola, y un inmigrante de Mali recién desembarcado de una patera, de los que cruzan el Estrecho jugándose la vida, que se mete en esa casa huyendo de la Policía.

¿Es irresoluble el drama de la migración masiva e ilegal?

¡Es un problema tan complejo! Y es imposible bloquear el mar. Lo hemos visto incluso con la invasión de Ceuta. Mientras haya cayucos, piraguas, pateras, barcas, la gente cruzará el Estrecho. Y tampoco se puede tener una visión ingenua pensando que vamos a acoger a cualquier persona, porque nosotros también tenemos recursos limitados. Es imposible mantener operativo un estado del bienestar si vinieran de golpe 10 millones de refugiados. Es un tema para dialogar con mucha inteligencia y mucha sangre fría, y dejarse de discursos demenciales, por un lado y por otro. Ni se puede cerrar, como si fuera una puerta blindada, ni se puede abrir de par en par, porque eso sería una locura. En África viven dos mil millones de personas. Probablemente, todos los que tienen menos de 40 años de edad querrán vivir en Europa. Pero ni se puede puede cerrar en bloque ni se pueden abrir las puertas de par en par.

Su último libro, dedicado a la vida y obra de la gran escritora rusa Anna Ajmátova, también tiene que ver con abrir y cerrar puertas, por su interés en la gran tradición literaria rusa del siglo XIX y principios del XX. ¿Cómo la descubrió?

Viajé a Rusia porque desde joven me interesaba muchísimo la literatura rusa, una de las más brillantes de la historia literaria a nivel mundial, sobre todo la poesía. Fui en 1991, que resultó ser el último verano soviético, con el golpe de estado contra Gorbachov, la llegada al Kremlin de Boris Yeltsin, y el desmoronamiento de la Unión Soviética, de la que fueron independizándose multitud de repúblicas. Yo quería conocer más sobre escritores como Ajmátova, Mandelstam, Pasternak,... Intenté aprender ruso y en Sevilla me dio clases Gardenia Díaz, una mujer maravillosa, que era hija de Pepe Díaz, el líder obrero sevillano que fue secretario general del Partido Comunista Español, y murió exiliado en la URSS.

¿La población rusa que conoció en aquel viaje sabía quién era Ajmátova o seguía siendo un personaje prohibido?

Ya estaba permitido leer su obra, en 1989 se publicaron por fin todos sus poemas, sin supresiones. Entre ellos, los poemas contra la represión, los poemas como homenaje a sus amigos encarcelados, etc. Y se estaba empezando a proponer crearle un museo en San Petersburgo, que se hizo realidad, ubicado donde residió durante 30 años. La 'perestroika' de Gorbachov desmontó muchas prohibiciones. Incluso vi en las calles a señoras vendiendo ejemplares de 'Archipiélago Gulag', que durante muchos años fue un libro totalmente reprimido, era considerado propaganda subversiva y contrarrevolucionaria. La URSS se desplomó en cuanto el pueblo ruso tuvo algo de libertad de expresión. Porque no podía hacerse público que su sistema comunista era totalmente ineficiente en lo económico y su solidez se basaba en la represión policial. Gorbachov pensaba que el sistema podría autorregenerarse, pero no podía decir a la vez que era ineficaz y que se mantuviera en funcionamiento.

Explique las claves de la poesía de Anna Ajmátova.

La poesía rusa es poco conocida porque traducirla es difícil. Ajmátova es una escritora de claridad deslumbrante. Tiene la capacidad de sintetizar en dos o tres versos lo que otros necesitaríamos cien para contar algo. Posee a la vez la condensación de un poema japonés y la profundidad del pensamiento de un filósofo a la altura de Platón o de Aristóteles, para dar su visión de la naturaleza, de las relaciones humanas, de las pasiones, de los sentimientos. Claridad, sencillez, musicalidad, profundidad. Es una cualidad tan díficil que yo creo que solo ella lo ha conseguido en la Historia de la Literatura. Y todo lo que cuento en su biografía son hechos reales.

¿Cómo era su vida en el lugar que ahora es su museo?

Es el Palacio Seremetev, en San Petersburgo, un lugar bellísimo que los soviéticos reconvirtieron en alojamientos para intelectuales y para profesores universitarios, gracias a lo cual ella pudo ocupar una diminuta habitación en un apartamento comunal. El régimen tenía para los escritores una cosa buena y una mala. Te daban gratis un piso, no te costaba nada publicar, te agasajaban aunque fueras mediocre... Pero a cambio, te exigían obediencia absoluta. Diabólico. Si hay que firmar el apoyo a la orden de destierro de un colega tuyo, que a lo mejor ha sido amigo y compañero, pues te obligaban a firmar. Y si hay que acusarle de ser traidor, espía y saboteador, aunque tú supieras que eso no era verdad, para conservar tus privilegios tienes que firmar una carta que se difunda públicamente en la que le acuses de traidor, espía y saboteador. Si no lo aceptabas, en la época de Stalin te enviaban a los gulags de Siberia o te pegaban un tiro. A Ajmátova le tocó la época que ella llamaba 'vegetariana', en la que la crueldad disminuyó, no te pegaban un tiro, pero te prohibían publicar y te convertían en un muerto en vida.

¿Cómo sobrevivió Anna Ajmátova a esa tiranía sin degradar su dignidad? ¿Y cómo no destruyeron su obra?

Salvó su obra gracias a una facultad humana que muchos pretenden desterrar en nuestra sociedad: la memoria. Ideó con una red de personas amigas, casi todas mujeres, que memorizaban sus poemas más peligrosos. No los poemas de amor, que eran permitidos aunque los consideraban literatura decadente y pequeñoburguesa. Sino los poemas en los que hablaba de detenciones, de ejecuciones, de la represión brutal. Y todo sin manejar anotaciones en papel, porque sabía que si los policías encontraban cualquier texto, aunque fueran comentarios sobre lo que estaba sucediendo, sería utilizado para acusarla a ella y a sus amigos de panfleto subversivo. Castigado en el artículo 58 del código penal con la pena de muerte o con hasta 20 años de prisión en los campos de concentración de Siberia. Donde morían trabajando en las minas 12 horas al día aunque la temperatura fuera de 40 grados bajo cero.

¿Por qué no se ha hecho una película o una serie basada en su conmovedora vida, en su coraje, y en su talento, al que usted ha dado fuerza de monólogo?

Hay argumento para varias series. Tuvo tres maridos. Al primero lo fusilaron y el tercero murió en el Gulag siberiano. Su hijo es otro personaje fascinante, estuvo 13 años encarcelado, sumando los diversos periodos que lo enviaron a gulags. Es también muy interesante el ambiente cosmopolita del que ella formó parte, entre la alta burguesía y la aristocracia rusa, que hablaba francés. Ajmátova fue amante y musa del pintor Amadeo Modigliani en París. Ella siempre fue pudorosa sobre su intimidad, pero al final de su vida sí escribió unos recuerdos de su relación con él, que la retrató en 16 maravillosos dibujos, muy geométricos, en los que está a veces desnuda saliendo del baño, a veces vestida, o haciendo piruetas de acróbata. Anna dijo que fue una amistad espiritual, pero evidentemente fue una relación amorosa muy especial. A mi juicio, personajes como Ajmátova no se han llevado a la gran pantalla porque la mayoría de la intelectualidad occidental es muy izquierdista y no se atreve a contar lo que fue en realidad la Unión Soviética. Todos sí están dispuestos a mostrar la realidad de los nazis y sus campos de exterminio. Por eso, en nuestras sociedades casi toda la gente sabe lo que Auschwitz y nadie sabe lo que fue el Gulag estalinista en el que también murieron millones de personas represaliadas. Si lo preguntas, a la gente le suena a la sopa goulash.

Recomiende algún libro que haya leído recientemente y que le haya gustado mucho.

Se titula 'Despojos', de una escritora anglocanadiense, Rachel Cusk. Publicado en Libros del Asteroide. Cuenta su separación, estaba casada con un fotógrafo. Y lo cuenta con esa prosa desnuda, seca, árida, desolada, casi atacameña. Tremenda para narrar la dureza de una separación, la hace sentir sin ningún tipo de sentimentalismo ni de ñoñería. Es como la experiencia de asomarse al paisaje de Atacama, inhóspito y al mismo tiempo bello, en el que sobresale la inconcebible dignidad de haber sobrevivido a ese paisaje. O, en el caso de Cusk, de haber sobrevivido a esa crisis personal.

Le atrae la belleza que aflora de la vida sometida a situaciones límite.

Exacto. En Atacama, cada 10, 15 o 20 años, tiene lugar un hecho que parece milagroso: cae algo de lluvia, y, de pronto, se produce una floración inesperada, que durante dos, tres o cuatro días llena el desierto de flores. La vida de Anna Ajmátova fue así: la floración inesperada dentro de un totalitarismo espiritualmente desertizado.


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