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In fraganti

Francisco Pérez Gandul o cómo novelar la corrupción

El periodista y escritor sevillano ataca de nuevo con el legítimo gancho de Malamadre y Celda 211. Acaba de publicar El Broker (Samarcanda, 2019)

Juan-Carlos Arias jcdetective /
08 jun 2019 / 07:00 h - Actualizado: 08 jun 2019 / 07:00 h.
  • La última novela de Francisco Pérez Gandul, ‘El Broker’. / El Correo
    La última novela de Francisco Pérez Gandul, ‘El Broker’. / El Correo

Según el CIS, corrupción y políticos son la principal preocupación de los españoles tras el infinito desempleo. El escritor Rafael Chirbes (1949-2015) calcó ese sentir. Lo desgranó en su octava novela ‘Crematorio’ (Anagrama, 2007). Al texto del libro lo fotografió una serie televisiva donde José Sancho encarnó al constructor Rubén Bertomeu. Eran tiempos de una burbuja a punto de explotar.

‘El Reino’ es una película donde Rodrigo Sorogoyen destapa tramas corruptas. Utiliza al genial Antonio de la Torre desde la política más detestable y actual. Obtuvo 7 Goyas sobre 16 nominaciones este 2019. Nuestra moral social se resume en ‘qué hay de lo mío’, pero no llena las calles de protestas, ni hay condena judiciales ejemplares. El mínimo reproche penal existe; raramente los corruptos devuelven el dinero ‘distraído’.

Tampoco se pondera en redes sociales, prensa, expertos y juzgados el hachazo de los corruptos a servicios públicos esenciales, presupuestos y ética individual que atacan el estado del bienestar. Nuestro aparato legal pondera la sangre y violencia palpitando ‘alarma social’. Parece menos nocivo que los corruptos rapiñen el erario público, el sindicalismo, a pymes y emprendedores que rechazan pagar por facturar.

En la Andalucía eterna, la imparable en tiempos del chavismo, no hay corrupción. Si la hay, se esconde. Si se intuye, se tapa. Y si conviene a parte del tinglado se airea, pero selectivamente. Cuando esto llega a juzgados o la prensa se fragmenta, se manipula y parece conspiración ‘antisistema’. Pensaremos, pues, que algo pasa. Damos pistas. En México repiten que, para ‘hacer plata’, es imperativo ‘contratar obra pública’.

En Sevilla no hay corrupción tampoco. Está mal vista, es vulgar y plebeya para las élites. Es de ‘nuevos ricos’. En nuestro poder autonómico, municipal y provincial vale decir que duplicó la maquinaria para vulnerar la libre competencia e igualdad de oportunidades o dar sueldos a ‘cuasi funcionarios’ que nunca aprobaron exámenes.

Estar ahí, en esa ‘administración paralela’, es tener un carnet de partido, familiares influyentes o padrinos que quieren algún retorno. Repetimos, esto no es corrupción a las entendederas populares. A lo sumo se admite que ‘en Sevilla habita el diablo, y la Virgen’ que relataba Santa Teresa a sus monjas castellanas en sus días hispalenses.

Es periodista, nació escritor

A Francisco Pérez Gandul no le conoce personalmente quien suscribe. Esa verdad da licencia para no señalarse como amigo o afín que contamine esta merecida y escueta reseña de su segunda y última obra. Este sevillano que ilustra sus palabras rompió esquemas con su primera novela ‘Celda 211’ (Lengua de Trapo, 2004). Pérez, desde hace décadas, escribe crónicas deportivas en un magnífico rotativo hispalense que, no obstante, presume de ser el decano de la prensa local sin serlo aunque estuvo un tiempo en la redacción de este periódico cuando sólo publicaba en papel. Difícil obviar 120 años de EL CORREO DE ANDALUCÍA, fundado en 1899. Guste o no, la verdad y la historia son así de crudas.

Suponemos que el cotidiano de un Pérez Gandul entregado a sus crónicas béticas y sevillistas se transformó cuando lectores y crítica se rindieron a los méritos literarios del mejor thriller carcelario español. Nadie antes, en el panorama literario patrio, había llegado tan alto en esta modalidad narrativa. Ni esa narrativa había gustado tanto a tantos. La prestigiosa Semana Negra gijonesa le premió con el Memorial Silverio Cañada en 2004.

Cuando el nivel de ‘best seller’ alcanzó las tiradas del libro Pérez Gandul dejó de ser sólo periodista. Olfateó, y constató, los negocios que se hacían con su trabajo. La magnífica adaptación cinematográfica del personaje ‘Malamadre’ en su salsa por la cárcel sevillana nos regaló al mejor Luis Tosar bajo la batuta del cineasta Daniel Monzón. Nada menos que 8 Goyas corroboran las excelencias del libro y, sobre todo, de la película. Celda 211 es una marca literaria que la pantalla enriqueció.

Lo que desbordó a ‘Celda 211’ fue que su éxito traspasó fronteras. Más enjuagues sobre el trabajo y el derecho ajeno, el dinero fácil y la codicia infinita del mediocre mantienen interrogantes y fundamentan el divorcio entre autor y editor. No es este un lugar de la batalla judicial que, al parecer, hubo.

Negocios editoriales

España es país donde hay records de leyes, se firman contratos para incumplirlos a priori y los juzgados son tan lentos que disipan la verdad. El novelista de ‘Celda 211’ sabría poco de los dividendos de su bestseller. Parece, como otros autores engañados por sus editores, pródigo a la mano que concibió la obra. Si los derechos cinematográficos rentan, ese botín raramente alcanza a quien creó la obra. Si contrato editor-autor es leonino o aloja letra pequeña de bancos o aseguradoras no importa. Los juzgados tardarán en aplazarlo todo. La justicia patria acierta, pero muy tarde.

Tras la desaparición del creador de Planeta, el sevillano José Manuel Lara (1914-2003), el liderazgo editorial comparte negocios y podios con multinacionales europeas, plataformas norteamericanas y soportes globales. Las pymes editoriales pasaron de pagar adelantos que permitían cierta dignidad a los autores a cobrar por publicar, venderle a priori ejemplares, cofinanciar ediciones o publicar bajo pedido. Hay, para los editores, más negocio sin arriesgar ni tiempo ni dinero sobre el laborioso tesón que regala el autor a su criatura literaria. Así está el patio.

Escribir otra cosa es engañar. Publicar, para muchos autores, es llorar, transigir y tentarse la cartera. Hay más controversias que enfrentan a creadores con negociantes que así ofician tras intuir un ‘pelotazo’. La primera es sobre ventas reales, devoluciones, liquidaciones tardías. La realidad es que es un auto de fe lo que le cuenta el editor al autor. Todo ello, sugiere una entidad neutral que regule y controle las tiradas de los libros. Hasta entonces persisten dos preguntas: ¿Quién avala las tiradas y las ventas? y ¿Cobran los autores por lo que se vende en realidad?

Llega El Broker

Francisco Pérez Gandul es irredento en su valía y talento literario. Desde cárcel adentro nos hace viajar a los despachos de ejecutivos inhumanos, agresivos, fríos y cicateros. El novelista ataca de nuevo con el legítimo gancho de Malamadre y Celda 211. Acaba de publicar El Broker (Samarcanda, 2019).

La historia gira sobre un desfalco con ribetes extorsivos posteriores en una financiera. Aparece, más tarde, un cadáver en una cuneta de Cancún (México). El lector, entonces, bucea por las cloacas del poder y su efectivo e impagable brazo policial. Todo en estado de corrupción salvaje y desaforada: ¿Suena esto de algo en época de Villarejos?.

El ‘Malamadre’ del 2019 es Bruno Silva, socio del bróker. Wie López, policía chino-español de segunda generación y Lidia Salmerón, ejecutiva gubernamental, completan el elenco de personajes de la novela. Esta novela, desde ya, exige otra película o serie televisiva por su acción trepidante. Quien la lee puede imaginar las acciones que sus ojos visualizan de las palabras.

El nuevo ‘clásico’ de Pérez Gandul bascula sobre esquemas de novela-enigma y policiaca: planteamiento, nudo y desenlace. El suspense del final nos viaja a la más sesuda incógnita por desvelar. Vale la pena llegar hasta ahí. ‘El Broker’ al cabo es una ficción sobre la realidad: poder relativizado dirigentes ineficaces y laxos y esa policía que parece reivindicar el ‘cuello blanco’ para sí, en vez de investigarlo. Al narrador se le otorga, oficiosamente, el papel de portavoz de una sociedad harta de corruptos.

Leemos en ‘El broker’ un texto fresco, directo, sin tapujos, reflexivo... No es novelista, Pérez Gandul, de acumular páginas para engordar el volumen. La emoción intracarcelaria de antaño nos recorre los pasillos sostenibles de la ‘Torre de Sevilla’ (Pelli para los vanguardistas), el único rascacielos hispalense en la isla de La Cartuja. El mismo que compite oficiosamente con la Giralda, el icono tangible de Sevilla.

La corrupción más voraz y vívida atraviesa el relato de Pérez Gandul. Como diría cualquier político socialista proactivo que empatice sinergias, la intervención es transversal sobre optimización y racionalización de recursos sostenibles emblemáticos para distribuir cuotas de igualdad en la ciudadanía. Tal palabrería es idéntica a la corrupción que tapan noticias sanguinolentas, de violencia de género o desastres naturales que priman portadas del digital, informativos televisivos y de radio.

La novela de Pérez Gandul es la corrupción tal cual, la que se materializa, la que leen nuestros ojos. La que denuncian intelectuales independientes que nada deben al poder corrupto, la de Chirbes y Sorogoyen. Quienes no vean eso deben visitar la óptica para paliar esa ceguera selectiva, o al oculista para que les gradúe su vista cansada de rutinas y burocracias centradas en proyectar lo ‘políticamente correcto’.

‘El Broker’ en sí es un personaje acuñado en el Wall Street neoyorquino. Es onmipresente en películas y novelas. Pero el ‘mediador’ sevillano de Pérez Gandul navega cerca del Guadalquivir y lejos del East y el Hudson. Su relato hispaniza lo que la óptica angloparlante quiere que metabolicemos. Levanta la mano reivindicando la idiosincrasia sureuropea y latina de los andaluces.

Debe aplaudirse a Francisco Pérez Gandul que siga reteniendo a Sevilla como epicentro de sus tramas. Ahora que el solar de La Ranilla lo ocupa un cuartel policial y que la nueva cárcel alcalareña está llena de corruptos, narcos y maltratadores, situar en el nuevo rascacielos hispalense a los nuevos ‘héroes’ de novela parece más realidad que ficción. El Monipodio estaba cerca de la Catedral y cerca de Rinconete o Cortadillo. La ‘Cárcel Real’, donde estuvo preso Cervantes, tampoco está lejos de la gran basílica.

De agradecer, también, es que Pérez Gandul haga referencia en su nueva novela al robo de los almojarifes (recaudadores de tributos en la España musulmana) a cargo de los caudales en la construcción de la Giralda. No sabemos si ‘Torre Pelli’ registra idénticas incidencias en sus cimientos contables. No es menos cierto que debió llamarse Torre Cajasol, marca que hoy da nombre a una Fundación cuyo Presidente se apellida Pulido.

El éxito inmediato de ‘El Broker’ hizo hablar al discreto novelista que la firma. Entre otras declaraciones repite una deontología intacta. Declaró: ‘Ya quisiera el financiero tener la ética y lealtad del sirlero Malamadre’.

Debemos añadir que el mundo del delito hay castas, grados, escalas, niveles, personas... En el del dinero no hay escrúpulos, ni falta que hace por lo que vemos de banqueros, financieros, inversores y fondos buitre. Por estas razones y muchas más el novelista y su obra merecen espacio en este In Fraganti, página donde la realidad es superada por la ficción. Una vez más.


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