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In fraganti

Reportero indecente, periodismo indigente

Un libro de memorias que, según su portada, ‘ajusta cuentas’ no sorprende. Pero hay uno que es didáctico, el de un cronista del periodismo de antaño. No el que se difunde en internet y medios

Juan-Carlos Arias jcdetective /
26 jun 2021 / 04:00 h - Actualizado: 26 jun 2021 / 04:00 h.
"Historia","Periodismo","Universidad de Sevilla","In fraganti"
  • Reportero indecente, periodismo indigente

El maestro de periodistas Ramón Reig insiste. Lleva razón al recalcar que los ojos del siglo XXI no leen, escuchan o ven periodismo aceptable. Y que las facultades del ramo fabrican parados. O que empresarios globales son quienes influyen la opinión popular. Informar al ciudadano es otra cosa.

Una autobiografía del currículum profesional nos llama la atención. En portada anuncia sobre ‘andanzas, tretas y algún ajuste de cuentas de uno de los últimos periodistas de sucesos’ que pueden escribirla muchos. Pero hoy diseccionamos el libro de Pedro Avilés (Memorias de un reportero indecente, Muddy Waters Books 2021), que –cómo no- tiene unos recuerdos selectivos, no obvia el adjetivo y aplica humor negro.

Los grandes del periodismo de sucesos, Margarita Landi, Juan Rada o Enrique Rubio compilaron o escribieron en frío sus crónicas y vivencias profesionales. El género, a nivel sevillano, mereció una excelente Tesis Doctoral en la Universidad de Sevilla. La suscribió Rosa María Rodríguez Cárcela colaboradora, como Ramón Reig, de este periódico decano hispalense.

El freelancer de bambalinas

Inclusive del irrepetible Manuel Chaves Nogales, escribíamos en #Infraganti, habría sido el pionero del periodismo de sucesos. Donde estaban las noticias, estaba la pluma del sevillano más ubicuo Si etiquetamos a Chaves como reportero de este subgénero no minimizamos su obra, al revés se nutre del mejor periodismo, el que inyecta astucia a las fuentes, el que disecciona lo urgente de lo importante. Esa es la ‘marca’ de los sucesos en la prensa, no un género menor que se desprecia por popes y expertos de salón.

Avilés aprovecha este libro para contarnos una vida periodística con altibajos. No abandona lo que nuevas generaciones del ‘nuevo periodismo’ denominan la ‘vieja escuela’. Su obra comienza al revés que muchos currículums. Se hace ‘freelancer’ antes de cobrar la nómina. Viaja a Marruecos en vano, reseña un evento con ‘Don Juan’ (abuelo de Felipe VI) y logra scoop gracias a Pedro J. Ramírez cuando regía Diario16. Fue telegráfico Juan IIIº según Luis María Anson:Franco era un cazurro’.

Las andanzas, noches sin fin con norteamericana gritona incluida, freelancers de Avilés en la guerra de Nicaragua cojean de reporterismo. Es raro que la inteligencia patria (CESID, hoy CNI) actúe como mecenas del boleto aéreo. Y que los reportajes bélicos de Avilés se manden a Madrid por valija diplomática. ¿Es raro que el medio de Avilés le convirtiera en espía?. En la Nicaragua de mediados de los 80s EEUU no quería más Cuba ni que ‘nuestros hijos de puta’, los Somoza, fueran los últimos hijos de mala madre. Parecido a cómo se las gastó en el Chile de Allende la CIA. ‘La contra’ que pagó el Tío Sam acabó en fiasco. En Nicaragua el sandinismo procubano acabó gobernando. Y Avilés hizo la crónica para nuestro espionaje seguramente.

Las descripciones de Avilés en su cotidiano de paraíso centroamericano que arruinaron unos y otros son excelentes. Nada que objetar a cómo seguía maridando el espíritu buscavidas con lograr objetivos que seguramente le marcarían desde la ‘central’ de la cuesta de las perdices madrileña.

‘El caso’, el muerto por semana

Los recuerdos de Avilés en la última etapa del desaparecido semanario presentan un periodismo que ya no se practica. Es historia. El de sucesos exige hablar con fuentes, víctimas, testigos, autoridades o implicados. Ahora, los pandémicos días que nos tocó vivir, esa forma de informar no pasa de ‘copia y pega’ un comunicado policial, calentar banco en juzgados o silla en restaurantes de postín en comilonas que pagan penalistas mediáticos, jueces o fiscales que agitan el escalafón o mandos policiales alardeando de operaciones o redadas.

‘El Caso’ que conoció Avilés fue tras jubilarse Margarita Landi y despedirse Pedro Costa. Joaquín Abad o Juan Rada le dirigieron sus empeños periodísticos que diseccionaron crímenes, estafas, hechos insólitos. Se equivocan quienes pensaron que ‘El Caso’ sólo chorreaba sangre tras tenerlo en las manos.

El periodismo de Avilés en ‘El Caso’ críptico, cuando lo viajó a Almería Joaquín Abad era el más investigador posible. El que escribía la realidad más certera y cruda. Los resultados podían a las dificultades de elaborar un reportaje en unos/dos/tres días en cualquier punto de la geografía española.

Este semanario actuó como facultad de periodismo sin aulas, pero con muchos maestros. Javier Castro en el documental ‘Dos crímenes por semana’ lo testimonia hasta con el fundador, Eugenio Suárez, antes de morir ‘Isla Mínima, la triunfadora cinta de Alberto Rodríguez hace lo propio con unos reporteros que actúan como secundarios de los policías investigadores. La redacción y piezas que elaboraban los periodistas más ubicuos y constantes retrataba la redacción en la teleserie de TVE ‘El Caso. Crónica de sucesos’.

‘Interviú’, tías buenas y periodismo negro

Cuando se anuncia en portada del libro ‘ajuste de cuentas’ no se soslaya tal contabilidad. La etapa de Avilés y su colega de ‘El CasoJosé Montoro en la desaparecida revista del Grupo Zeta, concursado y disuelto ya, tiene muchos números para las cuentas ajustadas. Detalla Avilés que en Interviú replicaba el quehacer de ‘El caso’ mientras Ignacio Fontes (también prologuista del libro) lo dirigía. Debió ser una etapa gloriosa.

La metodología pro primicia es más que discutible si nos atenemos a los detalles que da Avilés y consultamos, al tiempo, el Código Penal. Pero se ve además que esta revista tenía un patio interior que ya imaginábamos. El cese de Fontes inició el ocaso de Avilés al desaparecer esa complicidad director-redactor que selecciona la paja sobre el grano o al revés.

Las entretelas de cómo engañaban a jueces que pedían explicaciones sobre allanamientos o excesos que señalaban a un periodista inexistente, cómo operaban con fuentes o que usaban a testaferro para publicar en época de ninguneo del dúo Avilés-Montoro dejan a Interviú en manos de Calabuig, Mora y otros sucesores. Al final lograron acumular querellas cuyas condenas se recurrían hasta el Supremo. La cuenta de resultados saldría porque Interviú vendía muchos más ejemplares que condenas firmas sufrió. Las ‘tías buenas’, algo que ayudaba a los reporteros Avilés-Montoro a situar su despacho en redacción, sustentaban en parte ese negocio.

Es llamativo que la marca Interviú fue un éxito que mezclaba mujeres-diez con poca ropa con denuncias periodísticas de nota o reportajes criminales que compartían el mejor periodismo de investigación. Los nexos de Interviú con el poder, presiones y propuestas que recibía y una cambiante cúpula a capricho del editor la sepultaron en los kioskos. Sus últimos directivos repetían visitas al juzgado para explicare por qué tenían material sensible que les daba el Comisario Villarejo. Otras ‘fuentes fiables’ mejor ni conocerlas, no merecen carrete. Interviú, como El Caso son el pasado.

Las últimas andanzas televisivas del autor reseñan lo que entraña para el mismo el definitivo declive del periodismo de sucesos. El informador poco después, asqueado quizá, acabó siendo un excelente chef en una isla griega.

Hace bien Avilés, cual reportero indecente y gamberrete, no cortarse ante nada relatando que existieron ‘El Caso’ e ‘Interviú’. Lo cuenta desde dentro, con todas las luces y sombras. Las nuevas generaciones de internautas, frikis, youtubers, influencers sólo ven teleseries, fotos del nihilismo, video-juegan o se enclaustran ante la pantalla lejos de la calle.

Avilés explica con detalle cómo hacía periodismo, guiado por su olfato, fuentes, entrevistas y testimonios solventes. Al cabo, Avilés buscaba la verdad periodística del suceso, la que debe conocerse antes que abogados, jueces, otros periodistas de estudio o plató la maticen o añadan morbo.

Este ‘reportero indecente’ nos recuerda que el periodismo del siglo XXI atraviesa horas bajas. El negocio, dictadura de audiencias, la post-verdad, el fake y la peor bilis de patio se apoderaron de algo que mereció la pena. Hay libros que invitan a más que un vistazo en los estantes de las librerías. Las ‘Memorias de un reportero indecente’ es un valor seguro de lectura. ¡Disfrútenlo!


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