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El reportaje literario

Rafael Montesinos: diecisiete marzos después

Un 4 de marzo de 2005 nos dejaba, desde el Madrid en el que organizó la tertulia literaria más longeva de España, este poeta sevillano que manejó con igual maestría la soleá que el soneto, después de haberse convertido en el mejor biógrafo de Bécquer

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
06 mar 2022 / 09:45 h - Actualizado: 06 mar 2022 / 09:45 h.
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  • Rafael Monesinos.
    Rafael Monesinos.

Rafael Montesinos Martínez (1920-2005) fue un poeta tan generoso, que sobre su propio nombre siempre sobrevolará el de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), pues no en vano fue quien más investigó sobre su vida y su obra y quien quitó la neblina romántica que sobre su paisano había ido construyendo el tópico de leerlo u oírlo solamente a retazos. Montesinos, intelectual de una pieza, tuvo la paciencia de leerlo pausadamente, de investigar sobre sus manuscritos y de indagar en la vida del primer poeta español contemporáneo, que había nacido como él, en esta Sevilla que también había sido madre de una escuela poética de gran altura desde la renacentista época de Fernando de Herrera.

Un 4 de marzo de 2005, hace ahora diecisiete primaveras, se marchó al otro mundo, en el que creía, con 84 años y más de una veintena de libros que lo ya lo habían confirmado como el último heredero de la gran escuela poética sevillana, aunque se fuera de aquí con apenas veinte años y toda la savia de Andalucía por sus venas. “Lo de Dios ni Dios lo entiende, / que al par que nos da la vida / le pone fecha a la muerte”, dejó escrito por soleá. También necesitó esa breve estrofa que tan bien le salía para dejar su último testimonio, que su familia no tardó en cumplir: “He vivido cuatro día: / tres no fueron sevillanos. / Llevadme a la tierra mía”.

Diecisiete años después, es fácil recordar aquel poema suyo “a una adolescente” con esa edad, que comenzaba: “Porque en tu sangre había / diecisiete caballos galopando, / en el dulce pecado de la carne / tú y yo nos encontramos, / que el amor vuelve un día de repente, / igual que vuelve el árbol / del estéril invierno a la verde / mentira del verano”. Ahora, diecisiete años después de su despedida, es fácil recordar que fue él, Rafael, quien descubrió a la sevillana Julia Cabrera, la primera novia de Gustavo, antes de que Bécquer se marchara a Madrid, como él, que también se fue a la capital con su familia, en 1941, en plena posguerra civil, en una época en que ya estaba publicando en las revistas literarias del momento, la Garcilaso que acogía a poetas arraigados pero también la Espadaña que daba pábulo a los que sentían otros desarraigos... “Pero medí tu cuerpo con mis besos, / tus besos con mis labios, / para las altas lunas de tus pechos”, escribía Montesinos, ducho en las silvas de la poesía española de todos los tiempos, becqueriano, machadiano y cernudiano por los cuatro costados. “Fui poeta romántico, / porque en tu sangre había diecisiete / caballos galopando”.

Poeta, investigador y tertuliano

Rafael Montesinos ganó con tan solo 23 años el Premio Ateneo de Madrid, con lo cual se convirtió muy pronto en una de las jóvenes promesas de la poesía española en plena posguerra, mientras muchos maestros del 27 se habían exiliado, otros ejercían por aquí precisamente de maestros y otros poetas más jóvenes se dedicaban a darles calor a otras revistas concebidas en la brecha que el hambre dejaba a la creatividad: Postismo, en Cádiz; Cántico, en Córdoba; o Ínsula, en Madrid... Montesinos, en 1952, fundó una tertulia que era más bien una oportunidad que se le daba a un poeta cada martes para que diera a conocer su obra.

El invento se llamó Tertulia Literaria Contemporánea, y tiene el honor de seguir siendo la más longeva de España, pues se mantuvo dirigida por él, ininterrumpidamente, desde su fundación hasta pocos días antes de morir, en 2005, y luego ha continuado hasta la actualidad, en manos de otros poetas y de su esposa, la pintora Marisa Calvo, con quien se había casado en 1955 y con quien tuvo dos hijos, Rafael y Ramón. Su “Canción a Marisa esperando la maternidad” es de una sutilidad religiosa exquisita: “Dios te salve, amor mío / lleno de gracia... (Mi sangre por tu sangre / sangabrielaba) (...) En tu seno otra infancia / mi vida aguarda. / Bendito sea el fruto / de mi esperanza”.

Por la Tertulia Literaria Contemporánea ha pasado lo más granado de la poesía española del último medio siglo, muchos consagrados y otros muchos noveles que han agradecido el contacto con los maestros... Montesinos tuvo siempre la elegancia de mantenerse en un segundo plano, como maestro de ceremonia y poco más, consiguiendo el patrocinio de instituciones franquistas primero y democráticas después, y dotando a la tertulia, en fin, de un difícil carácter independiente tanto en lo estético como en lo literario y hasta en lo político, sin otra exigencia que la calidad literaria, por encima de cualquier moda.

Rafael Montesinos: diecisiete marzos después
Rafael Montesinos con su esposa y el poeta Francisco Brines.

En 1944, el año que Dámaso Alonso publicó su Hijos de la ira, Rafael Montesinos se estrenó con Balada del amor primero. Le sucedieron otros títulos que ya daban muestra de una poética consolidada en el dominio de la profundidad temática y de la métrica: Canciones perversas para una niña tonta, El libro de las cosas perdidas o Las incredulidades. De aquella época es su “Canción de mis veintiséis años”: “¡Ay!, lo poco que me queda / al final lo perderé. / Y después de todo, ¿qué? / ¡Con lo poco que me queda! / Dímelo tú, vida mía, / todo esto, ¿para qué? / Mi tristeza, mi alegría, / mi incredulidad, mi fe, / mi pobre melancolía / por la que me salvaré... (...) Me muero por que me quieran, / pero nunca lo diré, / y después de todo, ¿qué? / ¿Morir para que me quieran? / ¿Que me quieran? ¿Para qué?”.


Los años 50 alumbraron los poemarios País de la esperanza, La soledad y los días y El tiempo en nuestros brazos, dedicado a su mujer y a sus hijos, una espléndida celebración de lo doméstico por la que fue galardonado con el Nacional de Literatura y el Ciudad de Sevilla. Con el primero terminó de demostrar su talento con el soneto: “Nació. Vivió feliz. Sorbió la vida / de un solo y bello trago adolescente. / Buscó su soledad, y hallóse enfrente / de una terrible, inesperada herida. / Dio en la locura de creer en todo. / ‘¡Oh sensatez de no creer en nada!’ / dijo, y después el alma, ilusionada, / quiso sentir la vida de otro modo. / Harto de hablarle a un Dios sordo a su ruego / (¡oh peligroso corazón cansado, / que no le das a tu fe palos de ciego!), / en la esperanza de otra luz moría. / ‘Cuánto tarda en llegar el nuevo día!’, / dijo, y se echó a dormir del otro lado”.

En la década de los 60, que trajeron tantas innovaciones también en otros géneros, él dio a la imprenta una Breve antología poética y La verdad y otras dudas. Y en 1963 fue elegido miembro de la Hispanic Society de Nueva York. Con su ensayo Bécquer, biografía e imagen, de 1977, consiguió el Premio Nacional de Ensayo y el Fastenrath de la Real Academia Española dos años después.

Ya para entonces, se había especializado en preparar otros ensayos y ediciones de otros autores. Así, en 1960 había publicado Poesía taurina contemporánea, y tres años después, la Suma taurina de su tocayo Alberti. En 1980 sacó su Primera antología poética de Aristides Pongilioni, un antecedente de Bécquer que poca gente conocía hasta entonces. De 1995 es la edición de las Rimas de Bécquer que le publicó la editorial Cátedra con una introducción suya absolutamente libérrima.

Sus principales inclinaciones en verso fueron la melancolía existencial, el amor como experiencia salvadora, la fe religiosa, el paso del tiempo y la proximidad de la muerte, además de sus persistentes recuerdos de infancia y adolescencia... “¿Quién me dio este país y este momento / transitorio de un siglo a la deriva? / ¿Quién me puso en la frente pensativa / esta alegría y este sufrimiento? / ¿Quién dejó entre mis labios este acento / de dolor? ¿Quién me tiene en alma viva? / ¿Quién decretó a la dicha fugitiva? / ¿Quién al dolor -¿por qué?- lo hizo tan lento? / El alma hacia los cielos se dirige, / velocísimamente enamorada, / descarnada del cuerpo que la rige. / Pero el amor, de pronto, da la vuelta / y el ama da en el pecho alicortada. / Yo no sé quién me tiene y quién me suelta”.

Cuando en 1989 fue nombrado Montesinos Hijo Predilecto de Andalucía, junto al también poeta Luis Rosales (diez años mayor que él), nadie dudaba ya de que era un poeta imprescindible sobre el que había que volver más temprano que tarde.

Yo estoy solo en la tarde. Miro lejos,
desesperadamente lejos. Quedan
por el aire las últimas palabras
de los enamorados que se alejan.

Las nubes saben dónde van, mi sombra
nunca sabrá dónde el amor la lleva.
¿Oyes pasar las nubes, dime, oyes
resbalar por el césped mi tristeza?

Nadie sabe que amo. Nadie sabe
que si llegó el amor trajo su pena.
Yo estoy sólo en la tarde y miro lejos.
No sé de dónde vienes a mis venas.

Te me vas de las manos, no del alma.
Nos separan montañas, vientos, fechas.
El amor, cuando menos lo pensamos,
se nos viste de ausencia.

Estoy en soledad. Miro a lo lejos
oscurecer la tarde y mi tristeza.
Estoy pensando en ti y estoy pensando
que acaso en soledad también me piensas.


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