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Toros

Historias goyescas...

El lujoso festejo rondeño, cancelado este año por las nuevas medidas de prevención de la Junta de Andalucía, no se interrumpía desde 1963

29 ago 2020 / 10:44 h - Actualizado: 29 ago 2020 / 10:52 h.
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  • El alma de Antonio Ordóñez sigue planeando, año a año, sobre el inimitable festejo rondeño.
    El alma de Antonio Ordóñez sigue planeando, año a año, sobre el inimitable festejo rondeño.

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La pandemia y sus tentáculos –además de los titubeos de la Junta de Andalucía- se han llevado por delante la que debía haber sido la LXIII Corrida Goyesca de Ronda. Ya conocen de sobra la historia: Morante, Roca Rey y Pablo Aguado tenían que haber estoqueado este mismo sábado el encierro previsto de Núñez del Cuvillo atendiendo a unas normas –un máximo del 50% del aforo cubierto- que se acabaron convirtiendo en papel mojado después de la polémica que siguió a la corrida organizada en El Puerto de Santa María el pasado día 6 de agosto.

No es la primera vez que Ronda –como veremos- se queda sin su evento más característico. La Goyesca, por cierto, tampoco nació con vocación de continuidad. El primer festejo, organizado para conmemorar el segundo centenario del mítico matador rondeño Pedro Romero, se celebró en 1954 como una corrida concurso en la que se anunciaron Cayetano Ordóñez -el segundo Niño de la Palma- César Girón y Antonio Bienvenida, caracterizados con enormes patillas para evocar la atmósfera de finales del siglo XVIII. Los dos años siguientes ni siquiera se celebró.

El festejo se consolida

La idea reverdeció en 1957 para cobrar definitiva carta de naturaleza, consagrando su continuidad, en manos de Antonio Ordóñez. Desde entonces sólo se interrumpió, por obras en la plaza, en 1963 y en coincidencia con la primera retirada del maestro. Ordóñez llegó vestirse de majo -casi siempre de blanco con pasamanería negra- hasta en dieciocho ocasiones. Las primeras goyescas reeditaron el formato de corrida concurso del festejo inaugural. Ordóñez, que alterna en esos años con toreros como Rafael Ortega, Julio Aparicio o Antonio Bienvenida sólo falló a la cita en 1961. El año anterior había sido testigo de la alternativa de Rafael de Paula de manos de Julio Aparicio

1964 marca el nacimiento de una nueva etapa: Antonio vuelve a ser fijo en los carteles en un lustro prodigioso que finaliza en 1969. Ha cambiado la baraja de toreros: repiten Bienvenida o Aparicio pero ya aparecen los nombres de Miguelín o Palomo Linares. Pero el maestro de Ronda no comparecería en la Maestranza de piedra en 1970. Tampoco lo haría en 1971, año de su auténtica retirada de los ruedos en San Sebastián. Pero Ordóñez volvería a prepararse a fondo para volver a su festejo más querido en 1972, mano a mano con Antonio Bienvenida. Llegó a matar más de 50 toros a puerta cerrada -concentrado en Estepona- antes de volver a enfundarse el traje goyesco. Se había encargado un nuevo vestido pero había adelgazado tanto durante esa concienzuda preparación que tuvo que combinar la flamante casaca blanca con la taleguilla celeste de un traje anterior. A los tres toros que había sorteado sumó el sobrero a puertas abiertas, cuajando los cuatro entre el delirio del público. Aquel año se inauguraba la penúltima época del maestro al frente de la Goyesca. Retirado de la guerra de la temporada, su comparecencia anual en la plaza de la Maestranza de Ronda se convirtió en una auténtica peregrinación de aficionados de todo el mundo. Los antiguos viajes de ida y vuelta en el expreso de Algeciras aún son añorados por los fieles de la religión ordoñista que lo vieron alternar con matadores de la talla de Paquirri o Paco Camino -bases de este periodo- además de Curro Romero o Manzanares, que se convertiría en base de las goyescas de la década siguiente.

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Antonio Bienvenida volvió a torear en la Goyesca en su última época en activo.

Gloria y ocaso del maestro

Ordóñez volvería a tomar distancia entre 1978 y 1979. Los carteles experimentaron un extraño bajón de calidad que se recuperaría por completo en 1980, año del recordado mano a mano entre el mismísimo Ordóñez y su yerno Paquirri. El maestro volvió a sumar el sobrero y la acostumbrada apoteosis. Pero ésa fue la última Goyesca del genio de Ronda, que también tenía previsto actuar en la de 1981 aunque se hizo sustituir por el mismísimo Manuel Benítez ‘El Cordobés’, con el que nunca llegó alternar de luces. No había sido un año grato para Ordóñez, que había intentado volver a los ruedos espoleado por los retornos jubilosos de toreros como Manolo Vázquez o Antoñete. El maestro había sufrido un tremendo golpe en los entrenamientos previos que agravaron las secuelas de una antigua lesión. No pudo reaparecer en Málaga, tal y como estaba previsto, y las sucesivas actuaciones en Palma de Mallorca y Ciudad Real le hicieron desistir de su propósito. Había dejado de torear para siempre.

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Ordóñez toreó su última Goyesca en 1980, mano a mano con su yerno Paquirri. Para la historia, esta vuelta al ruedo con sus nietos Francisco y Cayetano

El genial rondeño no abandonó la corrida goyesca pero no volvería a ponerse delante del toro. Se consagró a la función de organizador de un evento al que le costaría recuperar su ausencia, el aura de su irrepetible personalidad. No lo conseguiría, definitivamente, hasta 1987. Paco Ojeda se encerró aquel año con seis toros de Torrestrella y cuajó de cabo a rabo a un gran ejemplar, llamado ‘Bulería’, marcado con el hierro de Torrestrella. La peste equina estaría a punto de dar al traste con el festejo de 1989 pero el festejo se salvó gracias al empeño del propio maestro, que encontró una yegua torda con la que se picó toda la corrida a base de derribos.

Cambio generacional

En 1994 -con Joselito, Finito y Barrera en el cartel- se marca un nuevo cambio generacional en la terna. Francisco Rivera Ordóñez, nieto del maestro de Ronda, actuó por primera vez en 1996. Al año siguiente fue el estreno de Morante y en el 98 cumplió su primera Goyesca José Tomás. Fue la última organizada por Ordóñez que ya delataba las huellas del cáncer. Murió en vísperas de la Navidad de aquel año legando a su nieto el peso de la organización y el alma de la fiesta.

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Francisco Rivera, nieto del maestro, escogió la Goyesca de 2017 para retirarse del toreo. Foto: Arjona.

Bajo la batuta de Francisco Rivera Ordóñez llegaría un cambio de rumbo. El universo humano que rodeaba a su abuelo sería sustituído paulatinamente por el entorno de Francisco, que otorga su propia personalidad al evento. Lo social comienza a ganar la partida a lo meramente taurino llegando a su cenit en la alternativa de Cayetano, mano a mano con su hermano en la goyesca de 2006. Manzanares hijo se convierte en esos años en otro torero ahijado por la Goyesca aunque Morante se lleva los titulares más rutilantes al encerrarse con seis toros en 2013, recién salido de la convalecencia de la cornada de Huesca. Sería Cayetano, el que acapararía los mayores titulares en los años siguientes, transfigurado en el solar de los suyos pero el hecho más resonante de ese período es la despedida de su hermano Francisco en medio de una corrida coral –la de 2017- en la que volvió a brillar el menor. Esa fue, hasta ahora, la última corrida en Ronda de Cayetano. En 2018 hay que anotar el triunfal debut de Roca Rey que no pudo comparecer en 2019 por las secuelas de la compleja lesión que se produjo en San Isidro. Pudo ser sustituido, con gestiones de alta política taurina de por medio, por Pablo Aguado que salvó el festejo gracias al sobrero de Domingo Hernández que le regaló Morante. Ahí se detuvo la historia. Por ahora.


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